La doble moral


Deberíamos de saber que no se pueden mezclar churras con meninas, el tocino con la velocidad, ni las bombas con las corbetas. Porque el resultado es un revoltijo difícilmente digerible. Es lo que le está ocurriendo a la progresía de este país que mezcló su ideario con el dinero y los votos y, claro, siempre acaba ganando el dinero y sobre todo los votos, para ridículo de quienes mantuvieron lo contrario.

Arabia Saudí, que es uno de los países emblemáticos en patear los derechos humanos y del que se tiene la certeza que apoya el terrorismo islamista, acaba de descubrir las debilidades de los progresistas que nos gobiernan. Si España cancela la venta de 400 misiles de precisión, los árabes rompen el acuerdo de compra de cinco corbetas por 1.800 millones y dejarían en el alero otros negocios como el metro de Riad y el AVE a la Meca, que tantos y tan buenos réditos le dieron a Corinna y allegados.

Planteado el problema, este país se decidió por dejar a un lado los idearios y las promesas eligiendo, en opinión del gaditano Kichi entre «fabricar armas y comer», que es una forma muy personal de ver las cosas, o recurriendo a que la venta ya la hicieron los anteriores, que también resulta un argumento muy original y así Arabia tendrá sus bombas para volar por los aires reuniones familiares, bodas, bautizos y fiestas varias de los yemeníes.

Deberíamos de ser lo suficientemente rectos para afrontar la vida con todas sus consecuencias. Y esta España progresista está perdiendo una gran oportunidad de demostrarle al mundo que hay que empezar a acabar con el negocio de las armas y que ella es la primera que apuesta por la paz. E inmediatamente ponerse a buscar por el mundo adelante otros negocios que suplan esos 1.800 millones árabes. Pero lo cómodo es mirar hacia otro lado, enrocarse en el que se han sacado las cosas de quicio, como hizo la ministra Robles, o en que si no lo hacemos nosotros, otros lo harán, como dijo el gran Kichi. Está visto que el poder acomoda. Y derechiza.

Así que Arabia ya puede seguir destrozando mamás y niños en Yemen. Y en un par de días estos mismos señoritos nos dirán que hay que acabar con el comercio de las armas.

Lo cómodo es mirar hacia otro lado, enrocarse en el que se han sacado las cosas de quicio, como hizo la ministra Robles, o en que si no lo hacemos nosotros, otros lo harán, como dijo el gran Kichi

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