Libros de texto, los justos

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Este? año, por primera vez en más de veinte, no tendré que comprar libros escolares. Ni libretas, compases o diccionarios. No sé el dinero que ahorraré en esta nueva etapa, pero realmente siento muy poca nostalgia de dejarme 400 euros de una sentada en el mes de septiembre.

Me gustan los libros de texto, mi familia los vendía hace muchos años, y reconozco que el olor de un ejemplar nuevo me resulta muy evocador. En mi casa, forrar los manuales se convertía cada septiembre en un ritual, con todo el respeto que debe imprimirse a aquello que tiene que ver con el saber.

Pero frente a la visión romántica de los libros brillantes y apilados en perfecto orden de revista, la realidad se impone. Los últimos manuales que revisé, los de bachillerato, me parecían aburridísimos y poco justificados, cuando no un verdadero despropósito. Aún tengo pesadillas tras intentar leer el de Historia de España, que te quitaba de un plumazo cualquier amor por conocer el pasado patrio.

Lo peor, sin embargo, es que la mayor parte de los libros apenas se tocan y aprovechan poco. Entonces, ¿para qué los mantenemos? No se trata de eliminar los manuales, pero sí de que tengan su justa medida (metafórica), su justo peso (físico) y, por extensión, un precio adecuado. Hasta cierta edad dudo que el alumnado necesite libros y conforme pasan los años de secundaria, estos podrían ser pequeñas monografías puntuales.

Me gustó mucho cuando, en el 2006, los libros eran de préstamo en el colegio. No solo me ahorraba un dinero importante, sino que se fomentaba el cuidado de lo público en tanto es de todos y cada uno de nosotros, y se transmitía un sentido de la equidad que el libro nuevo, tan bello y prometedor, quiebra en nuestra sociedad empobrecida.

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