No pararemos hasta dar en el blanco


Amdy tiene 18 años y nació en Senegal, pero lleva prácticamente toda la vida viviendo en Galicia y desde que tiene memoria ha escuchado que lo llamen negro de forma despectiva. Para él ser negro es un orgullo, aunque hace solo un año tuvo que oír de la boca de un profesor el peor de los insultos cuando empezaba primero de bachillerato: «¿Pero los negros soléis llegar a este curso?». Amdy se quedó frío, empezó a temblar en su pupitre, pero una vez más decidió callarse porque se ha hecho a no reaccionar para evitarse más sufrimiento. Lo mismo que Ángel, que a sus 13 años tuvo que enfrentar en el patio del colegio que una niña le dijera a voz en grito: «¡Ay, me ha tocado un niño negro, qué horror!». Igual que Sara, que en una playa de A Coruña vivió a los 10 años una terrible experiencia cuando una mujer la increpó porque en su opinión «gastaba» demasiada agua debajo de la ducha: «Deja el agua, negra, que por mucho que te duches vas a seguir siendo negra». También le pasó a Alexa, que está harta de que le pregunten siempre de dónde es como si no pudiera ser gallega y tener otra piel. O a Zinthia, que no quiere que le toquen más el pelo sin su permiso, o a Samba, que no sabía que existían tantos matices en esa paleta de discriminación de la mayoría blanca; o a Libass, un senegalés de 25 años que relata que cuando espera el autobús las señoras se agarran el bolso automáticamente y está hecho a que si hay un sitio libre a su lado nadie se siente.

Todos estos testimonios podrían parecer propios de otros tiempos, pero son tan actuales como el que denunció ayer el jugador de baloncesto Larry Abia, del Leyma Coruña, cuando buscaba piso: «Llegué 10 minutos antes de la cita, aparecieron dos personas mayores y a pocos metros de mí susurraron: ‘No se lo alquiles a ese, dile que no, que es de color’».

El color de la ignorancia y del abuso es nítido para quienes diariamente sufren racismo en cualquier parte del mundo, también aquí mismo, en Galicia, donde convivimos puerta con puerta con los prejuicios construidos desde la élite blanca: negro es igual a pobre, negro es igual a inmigrante, negro es igual a violencia, simplificando en tópicos negativos todo un discurso estructurado en el maniqueísmo clásico, de lo blanco es superior, lo negro es inferior. Los negros que dibujamos en nuestro relato como mafias que vienen en avalanchas y nos invaden para quitarnos lo que supuestamente nos pertenece.

Ser negro no es una excepción, ser negro es un orgullo y todos los negros, y los padres y las madres de los negros estamos hartos de que sufran esta situación que se repite más de lo que muchos creen. No es una exageración: a Larry Abia no le alquilaron el piso. Podemos disfrazarlo y llamarle ignorancia, pero yo prefiero denominarlo racismo para que cada vez que contemos de nuevo otra historia similar nos desborde la vergüenza y todo cambie. Los negros y los que nos sentimos negros no pararemos hasta dar en el blanco.

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No pararemos hasta dar en el blanco