Problemas enquistados


Pedro Sánchez tenía mucha prisa por llegar al poder a cualquier precio, y llegó. Lo malo es que ahora, maniatado quizá por sus compromisos, no sabe cómo afrontar los problemas que le crean quienes lo apoyaron, y no solo los del bando independentista catalán. Como parece natural, todos tratan de cobrar su parte alícuota correspondiente. Y la consecuencia más previsible será que la carreta no se mueva o se mueva muy poco. Porque cada decisión conllevará el abono de una cuota no siempre fácil de satisfacer.

La pregunta clave es: ¿a favor de quién trabaja ese tiempo que ahora va pasando sin mayores descalabros o fatalidades? La respuesta no es fácil, porque da la sensación de que todo se ha parado (excepto lo de Franco) y de que el horno no está para bollos. Lo cual alimenta el pesimismo de encontrarnos ante una incierta situación de parálisis política para la que no se acaba de ver una salida rápida, resolutiva y bien acordada.

No comparto la actual moda política de criticarlo todo y no favorecer acuerdos que permitan hacer camino al andar. Tampoco me resultan propicios los silencios de quienes, tras llegar al poder, parece que no tuvieran otra opción política que la de aguantar, esperar y ver. ¿De verdad creen que así se pueden solucionar unos problemas que tienen toda la traza de querer enconarse y perdurar? ¿O esperan a que escampe?

Decía Montesquieu que «la corrupción raras veces comienza por el pueblo», y yo creo que esto es algo claramente demostrado, también en nuestro país. Pero la parálisis que se fomenta o se consiente desde el poder es algo que se paga antes o después. Por ello, a veces es tan necesario clamar por una coalición, aunque, como dijo Guy Mollet, esta sea «el arte de llevar el zapato derecho en el pie izquierdo sin que salgan callos».

Porque lo malo es la parálisis que favorece a quienes solo buscan su propia ventaja y se recrean con la distracción general, que consideran favorable a sus intereses partidarios. A veces, creo que esto es lo que está ocurriendo ahora en España, y no solo con el conflicto catalán. Porque los problemas que sufrimos -y no afrontamos- son muchas veces males absurdamente fomentados o consentidos que pueden enquistarse.

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