¿No queríamos ser europeos?


Mucho antes de que muriera el dictador Franco, en España se había forjado una meta colectiva que era transversal en lo ideológico, lo identitario y lo generacional, una conquista que resumía infinidad de aspiraciones particulares y se sintetizó en la expresión «Queremos ser europeos». Vivíamos en un país distinto, pero queríamos ser como los franceses y los alemanes que nos visitaban, normales. Los portugueses lo resolvieron rápido, su transición duró un día, y hoy son demócratas, pero su ejército no era el nuestro.Franco murió en el poder y, después de 40 años, aún perdura el aprecio por el franquismo entre muchos de los más mayores, como la generalidad de votantes históricos del PP. La nueva autoridad democrática jamás condenó el franquismo, ni desplegó didáctica de clase alguna. Todo lo contrario. Y así, porque éramos muy precarios y estábamos para obedecer, llegamos a nuestros días sin tal condena, subvencionando su honra y sin reparar a las víctimas de su trayectoria criminal, desatendiendo incluso a la ONU. Nos dicen que llevarse al dictador a otro lugar no es un asunto urgente y bienvenido sea el reparo, porque nos enseña la suciedad intelectual del demasiado pronto al demasiado tarde, la trampa de los que no saben perder y aprecian eso que fue un horror para otros, además de estar prohibido en la UE. Naturalmente que es urgente la eliminación de todos los elementos predemocráticos con los que convivimos con total normalidad, la cultura política y la ética de lo público que tan bien simbolizan el PP de Casado, aunque también el PSOE de Felipe González, coautor de la modélica transición política que nos ha traído hasta aquí, aquel pacto entre élites. Queríamos ser europeos, pero 40 años después, seguimos siendo españoles y distintos. Nos lo explican las justicias belga, alemana, suiza y escocesa, cuando enmiendan a la española y esta se muestra ajena y juzga lo que no existe en ese lugar común. ¿No queríamos ser europeos? Pues a ello, las dictaduras no forman parte de los valores de la UE y se condenan. Del mismo modo, las rebeliones sin armas tampoco existen en España. 

Los españoles no somos demócratas, sino algo que se le parece y, para muestra, el espectáculo que estamos dando a cuenta del paradero del dictador. Ser europeo no significaba ser más rico o ganar más medallas olímpicas, era, sobre todo, ser demócrata, y esto es algo que exige dejar de tratarse como cuñados del Ibex 35, o radicales chavistas, por poner el ejemplo que completa el cuadro. O por poner otro mucho más sencillo: retirar lazos amarillos no es libertad de expresión aunque lo diga una fiscal, es eliminar lo libremente expresado por otras personas. Que esto nos molesta, al Ayuntamiento.

Por Jaime Miquel Analista electoral

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