Si uno tiene memoria de su familia asturiana, y retazos del tiempo entre los años 20, la República y la Guerra Civil, se debe a una madrina -espléndida narradora- que, en las tardes invernales de camilla y galería de la niñez santiaguesa, no paraba de contar su vida durante aquellos años entre Avilés y Villalegre. Así conocí los efectos próximos de la gran depresión y el relato de los sucesos de la revolución de octubre de 1934. Su narración impresionaba a niños de diez o doce años que carecían de cualquier contexto histórico de lo que ella había vivido. Tanto que sus historias formaron un poso retenido en la memoria, poso que con el tiempo nos permitió encontrarles hilo y sentido.
Guitiriz tenía el privilegio de estar en la carretera nacional VI. Por ella llegaba cada agosto la comitiva de Franco hacia el pazo de Meirás. El despliegue impresionaba, guardia mora incluida.
Vino luego una memoria adquirida y el mundo de la Dictadura o los veinticinco años de paz se fue definiendo con sus dramas, hasta que llegó la Transición y 1978. También el golpe de Estado de 1981, y toda una etapa de cuarenta años de democracia.
La historia se abrió paso, e incluso la contra historia hizo su labor para contrarrestar a la primera. En todo este tiempo allí seguía Cuelgamuros, convertido en Basílica benedictina y enterramiento, por fuerza o de grado, de unos y algunos de los otros. También de Franco. Todo con una extraña naturalidad como si no hubiera pasado nada. Mientras en fosas comunes o lugares desconocidos seguían tantos que habían sufrido en la Guerra Civil y la posguerra las consecuencias mortales de un alzamiento. Así hasta hoy.
Nunca nadie encontró tiempo y oportunidad para que la memoria dejara de ser solo la de unos. Asombra, sin embargo, oír a un nieto de Franco hablar de revancha, cuarenta y dos años después. Igual que sorprende la anunciada abstención de Ciudadanos basada en su duda de que la exhumación de Franco «tenga carácter de urgencia» y se pueda «jurídicamente justificar» el uso del decreto-ley anunciado por el Gobierno. Falta conocer la posición del Partido Popular.
Pero más allá de todo ello, incluido el papel de la iglesia y la orden benedictina, la recuperación de la memoria histórica es la verdadera prueba de la reconciliación de un país que ha sufrido una dictadura. Si no existe la memoria, prevalece el olvido. Por ello si quieren llegar a conocer una parte de la intensidad y el dolor pasados acudan, más allá de la historia, a algunos libros y a sus emociones, que le harán entender por qué detrás de tanta desmemoria existe el sufrimiento. Por ello les sugiero Los girasoles ciegos, de Alberto Méndez; Os libros arden mal, de Manolo Rivas; o Los pacientes del Dr. García, de Almudena Grandes. En ellos encontrarán memoria y quizá comprendan lo injusto de mantener esa sombra extraña que la oculta desde Cuelgamuros.