Lo más natural


Cada época cultiva sus talibanes. Varias especies a la vez de distintos colores y pelajes. Una de estas tribus actuales son los integristas de lo natural que, con fervor religioso, reniegan de avances que cuentan con el aval de esas gentes locas que son los científicos. ¿Cómo van a enmendarle la plana los expertos a la costumbre, al pasado, a la viruela? ¿Por qué dejarse arrastrar por los experimentos y estudios de campo cuando queda la posibilidad de agarrarse al gigantesco mástil de la naturaleza, siempre sabia? ¿Por qué sucumbir al presente teniendo ahí el pasado? Lo más natural sería cultivar todas las patatas, el trigo y el maíz como hace doscientos años y hacer estos alimentos se conviertan en un lujo para más millones de personas. Tumbarse en la arena sin protección solar cada verano y desarrollar un carcinoma o un melanoma. Dejarse comer por los mosquitos en países tropicales y pillar la malaria o el zika. Permitir que el abusón le pegue al más pequeño en el patio del colegio. Negarse a que el médico recete antibióticos para exponerse al peligro de cualquier bacteriucha de tres al cuarto que se pasee por nuestro organismo. Morder un palo cuando apriete bien cualquier dolor. Beber leche y agua crudas para que cada trago vaya acompañado de la emoción y el cosquilleo del riesgo. Pasar de la quimioterapia y de la radioterapia, aunque sea lo que prescribe el especialista de turno. Lo más natural en ciertos hogares de Europa es evitar las vacunas y arriesgar la vida propia y las ajenas por un simple sarampión.

La verdad es que lo más natural del mundo es morirse. Pero a los humanos, en líneas generales, les ha dado por intentar aplazar esa cita. Manías.

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