Torrente Ballester, en la Boda de Chon Recalde, «retrata una sociedad anodina y trasnochada, hipócrita y machista, con tres clases sociales diferenciadas y marcada por los prejuicios sociales». Es una sociedad «encorsetada» y con una «ordenación social rígida», en la que «estaba mal visto que un marino llevase una bolsa en la mano o cogiese a un niño en brazos», en la que las mujeres sufren además la «tentación por la apariencia, aunque en casa no se tenga que comer».
Si alguien escribiera hoy sobre esa ciudad, describiría calles vacías por las noches, barrios en ruinas, carteles de «se traspasa» y un sector industrial en permanente crisis. Mencionaría que a pesar de haber sido gobernada por todos los partidos nunca ha tenido gobierno, que los restos de una burguesía decadente viven al margen de su propia ciudad y que hasta Inditex se cuestiona su presencia. Cada vez que veo la hemeroteca de La Voz en sus noticias de Ferrol, no dejo de sorprenderme. Leo que los astilleros buscaban carga de trabajo, que tal o cual barrio iba a ser rehabilitado o que la plaza de España iba a ser rediseñada; no entiendo por qué le llaman hemeroteca si hoy los mismos problemas siguen ahí y las noticias son las mismas que antaño.
Ignoro cuándo Ferrol se independizó del resto del mundo; lo hizo sin procés y sin independentistas, pero ocurrió. Abandonó el mundo cuando alguien, no sé quién, decidió que el tren que tenía que llegar a la ciudad sería de juguete, que la comunicación cantábrica era innecesaria y que podían vivir ajenos al mar. Mientas otras ciudades gallegas se han abierto al mar o han rehabilitado sus cascos históricos, en Ferrol todo eso se ignoró. Encerrados en un pasado floreciente, se han olvidado del futuro que, quieran o no, vendrá. No me cabe duda de que los ferrolanos quieren a su ciudad, que los paisajes del entorno son inigualables y que el potencial industrial es extraordinario. La ciudad fue un referente arquitectónico, literario y musical, y muchos ferrolanos fueron pioneros en la defensa de la naturaleza. Los trabajadores y técnicos del sector naval han recorrido el mundo con éxito y la Armada no se concebiría sin Ferrol; es difícil imaginar qué más necesita una ciudad para salir adelante salvo buenos políticos y gestores, algo que pocas veces han tenido. Espero que mis amigos ferrolanos no se enfaden, mi intención no es otra que llamar la atención sobre lo evidente: que a pesar del dinamismo de muchos sectores de la ciudad esta no consigue avanzar. Me gustaría que no fuera así, pero los datos comparativos de paro, del censo de población o de la actividad comercial son inequívocos y reconocerlo es el primer paso para la solución.
Escribe Torrente: «Hay un mar vecino, cabeza de caminos innumerables que jamás se emprenderán y un olor agrio, marinero que incita a las aventuras imposibles. Hay en una palabra, el contraste entre un alma geométrica y racionalista que se impuso, por decreto, a la ciudad, y el alma lírica de las gentes atlánticas, enemigas del límite». Así es Ferrol, una ciudad en una eterna encrucijada.