El terrible dilema del presidente

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Nadie podrá negar que Sánchez lo intentó todo para llegar a presidente: desde una investidura imposible con Ciudadanos y Podemos hasta aquel berroqueño «no es no» que solo tenía como salida otra repetición electoral. Sánchez ensayó, además, fórmulas opuestas para mejorar las expectativas electorales del PSOE: osciló entre el españolismo y la plurinacionalidad, se arrimó al izquierdismo podemita y acusó luego a Iglesias de «chavista», se presentó como el hombre de Estado del 155 para hacer después a Rajoy corresponsable de la crisis catalana. 

Sí, Sánchez lo intentó todo, y en todo fracasó. Derrotado dos veces con los peores resultados del PSOE, defenestrado de un liderazgo que solo logró recuperar arrasando las señas de identidad de su partido, atascado en las encuestas, hundida su valoración incluso entre sus votantes, Sánchez asumió que las urnas no iban a llevarlo a la Moncloa. Había, pues, que buscar una puerta lateral. Y la puerta apareció: una sentencia que confirmaba los gravísimos problemas de corrupción que asediaban al PP.

De pronto Sánchez vio la luz: solo había que manipular hábilmente el contenido del pronunciamiento judicial para justificar que la moción de censura que lo convertiría en presidente fuese apoyada por los adversarios de la España constitucional (Podemos y sus confluencias) e incluso por los de la España unida a secas: los golpistas catalanes. Y, sin pensárselo dos veces, Sánchez se unió a ellos para echar del poder «al partido más corrupto de Europa», regenerar la democracia y convocar pronto nuevas elecciones.

Ese plan duró lo que un caramelo a la puerta de un colegio. Pues el auténtico plan era «quítate tú que me voy a poner yo». Ya en el poder, había, claro, que hacer lo necesario para seguir en la Moncloa cuando -desechado de inmediato el anticipo electoral- la legislatura se acabase. Y lo necesario apareció. Populismo económico (repartir dinero en los caladeros de votos deseados) y populismo político: Franco y el Valle de los Caídos, otra vez la desmemoria, el género de la Constitución, el entendimiento con un nacionalismo incomprendido, la demagogia inmigratoria en lugar de una política de inmigración generosa y responsable.

Tan brillante plan tenía una pega, sin embargo. O mejor 84. Porque con 84 diputados es imposible en España gobernar. Desde anteayer, cuando el Congreso rechazó el techo de gasto del Gobierno, es patente lo que Sánchez lleva dos meses intentado ocultar al país entero: que era cuestión de tiempo que Podemos, ERC y el PDECat lo dejasen a los pies de los caballos. Podemos porque no puede permitirse el lujo de que al PSOE le vaya bien a costa suya. Los partidos golpistas, porque solo apoyarán al Gobierno del país que odian y desprecian a cambio de que su rebelión gane terreno. Ese es el trágico dilema del presidente: estar solo o muy mal acompañado.

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