Te cruzo la cara

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Entró en casa después de haber tenido una charla con sus amigotes del barrio, aquellos con los que ve el fútbol desde hace años. Ella sabía de dónde venía y lo que solía ocurrir cuando su equipo perdía el partido, o cuando lo ganaba. Entre un «te cruzo la cara como no te calles» y ese «vente para aquí, que tengo ganas» había como diferencia apenas un gol a favor o en contra. Un penalti era suficiente excusa para recibir una paliza que le estremecía el cuerpo y le dejaba moratones allí donde la simple vista no alcanzaba. Los días de calor también podía haber tunda, o violación. Sin elección. Mientras estaba en el potro de tortura familiar, callaba y temblaba, y se dejaba hacer bajo la mirada de aquel niño que contenía el miedo con el chupete.

Hay estudios y estadísticas para todo. También para los golpes de los maltratadores. Uno o dos grados en la temperatura, perder o ganar una competición (aunque sea de cartas, al tute o al cabrón) afectan en el ánimo del animal doméstico que tiene ensangrentado el bastón de mando de su casa. Ella trabaja y él, no; vive del sueldo de su pareja. Y esa rabia incontrolada de no ser capaz de mantener el rol de principal proveedor masculino en el hogar (blacklash es el término sociológico que define la situación) la descarga sobre la esposa, a la que agarra por los pelos y zarandea hasta que cae al suelo. Miles de mujeres fueron asesinadas porque eligieron como pareja a maltratadores que llevan el apodo de cobardes. Puede que alguno esté enfermo, pero pocos. Los demás siguen su vida después de haber acabado con la de ella.

¿Cómo se llama ella? ¡Qué más da! Ellas son cientos, miles, millones. Algunas se salvaron y rehicieron su vida, aunque a escondidas. Se enterró María.

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