Toda Galicia hereda su memoria


Ayer perdí a un amigo con el que escribí seis años de historia común. Y a la hora de glosar su personalidad, solo aquella amistad tiene significado y sentido, mientras todo lo demás me parece secundario. Conocí a Fernández Albor en Maceda, en 1981, en un mitin que dimos juntos. Él tenía 64 años, y yo 32. Él había caído como lluvia de mayo sobre AP, mientras yo ejercía de diseñador y gerente de una campaña cuyo éxito cambió la historia de Galicia y del PP. Él estaba destinado a ser el símbolo de una fusión entre conservadurismo y galleguismo, mientras yo tenía a mi cargo las calderas y cocinas de un partido que tenía que administrar una minoría de 26 diputados, sin que la precariedad y la inexperiencia nos barriesen del mapa, y sin que la vieja militancia considerase traicionado el principio de que España era «lo único importante». Congeniamos desde el primer momento, y nos confiamos mutuamente nuestras ideas, ambiciones e intereses. Yo lo tuve todo de él, incluyendo las llaves de su casa. Y él recibió de mí una eficaz respuesta, que le permitió aterrizar en la política suavemente, exhibir por doquier su simbolismo de dialogante y renovador, y atravesar el cristal de la pospolítica sin romperlo ni mancharlo.

Fernández Albor se disgustó mucho cuando, en 1986, dejé la Xunta, y cuando, militando ya en CG, apoyé la censura que lo desalojó de Raxoi. Pero conviene saber que, lejos de enfrentarme con él, trataba de superar un modelo de hacer política que ponía en riesgo la supervivencia del partido. Nunca expliqué aquello, porque a nadie le interesaron mis razones. Pero pueden creerme si les digo que nada de lo que sucedió después, entre la caída de Fraga y el triunfo de Aznar, hubiese sido posible sin que alguien, tiznado de traidor, hubiese provocado la catarsis que nos libró de las coaliciones ficticias con el PDP, el PL y los Centristas de Ourense, y que después propició, a manos de Álvarez Cascos y Aznar, la construcción del actual PP, primer partido de España, y exitoso gestor de crisis y procesos de enorme envergadura. Y esa es la razón por la que Gerardo, que sabía de qué iba todo aquello, nunca me retiró su amistad.

La importancia histórica de Fernández Albor se basa en el hecho de haberse encontrado en una encrucijada que le obligó a gestionar la creación de una administración y una cultura de la autonomía desde un partido que aún estaba estrenando su identificación con el país; de dirigir una comunidad histórica que no se había esmerado en crear condiciones para consolidarse y autogobernarse; y de no tener más apoyo que un partido que se estaba refundando sobre los principios constitucionales de descentralización e identidad que hasta poco antes había combatido. Por eso merece el reconocimiento y los honores de los gallegos. El mismo que yo le brindo, gracias al privilegio de haber compartido el poder con él, desde el cariño y la íntima amistad con la que siempre me distinguió. Descanse en paz. Creo que Gerardo no lo entendió muy bien, pero intuyó las cosas con tanta precisión que, al contrario de lo que otros hicieron, nunca renunció a su amistad conmigo, que duró hasta ayer mismo. Y, aunque no me importa confesar que si entonces supiese lo que hoy sé, y tuviese la experiencia que hoy tengo, nunca habría hecho lo que hice, siempre creí entenderle a Gerardo que si él supiese lo que hasta ayer sabía, y tuviese la experiencia que después acumuló, habría hecho innecesaria la precipitación catártica que yo hice, desde una posición ética que me descarriló de la política, para reconducir la crisis de partido que estábamos viviendo.

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