Adiós, Cristiano


Es posible que dentro de unos días un operario comience a cambiar los pomos de las puertas de un palacete turinés. O que en un boceto figure el nuevo fondo de una piscina con espectaculares vistas a los Alpes italianos. Para colocar las iniciales CR. Las mismas que salpicaban la casa de Cristiano Ronaldo en Madrid. Pomos, piscina, toallas, mantas, coches... Todo con la marca del jugador. El portugués es una de las mayores estrellas del fútbol, pero necesita vivir rodeado de personas y objetos que se lo recuerden constantemente. Espejito, espejito, ¿quién es el más bello del reino? Miénteme, dime que me quieres. No hay amor suficiente para Cristiano. Se ha pasado gran parte de su vida dando manotazos para espantar la mosca de la supuesta injusticia. En lugar de disfrutar de la luz propia lamenta la sombra de Leo Messi. Yo y solo yo. Es una ironía que en el sorteo de talentos a este Narciso irremediable le tocaran las condiciones para ser un fuera de serie en un deporte de equipo, colectivo. Probablemente el luso sea el astro con las más sonadas «no celebraciones» de goles de sus compañeros. Mirar por encima del hombro hace perder la perspectiva. En el 2010, durante una de aquellas tanganas monumentales que trufaban los Barça-Madrid de Guardiola y Mourinho, el astro le espetó a un adversario: «¿Y tú quién eres?». La pregunta tuvo que descolocar al futbolista azulgrana. El pobre no tenía ni iniciales ni un triste dorsal célebre que llevarse al pomo de la puerta. Era un tal Pedrito. Campeón del mundo. Por cosas así, las reverencias son más frías cuando se las hacen a Cristiano. Su adiós tiene más números que emoción. Más títulos que relato. Digno de un jugador incontestable que nunca obtiene la respuesta deseada.

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