Nueve años de cárcel por abuso sexual para cinco cachalotes convencidos de su heroicidad por haber sometido, vejado y violado (esto lo digo yo, y media España también), a una muchacha que se habrá arrepentido ya mil veces por haberlos denunciado son motivo sobrado para presuponer que, si salen de prisión, intentarán huir. Nunca se arrepintieron y desde la cárcel justificaron y mitificaron su faena. 

Pero «no hay riesgo de fuga» para los magistrados de la Audiencia Provincial de Navarra Ricardo González y Raquel Fernandino, que accedieron a las peticiones de la defensa. Solo votó en contra el presidente del tribunal, José Francisco Cobo. La sentencia condenatoria implicaba nueve años de cárcel y, pasados dos años de prisión preventiva y pendientes de dilucidarse recursos que podrían ampliar la condena, o reducirla, han accedido a dejarlos en libertad provisional.

La gran incógnita está en el motivo del cambio de opinión de la única mujer del jurado. El otro magistrado ya se había retratado con un voto particular que pasará a los anales de la glorificación del machismo judicial.

El debate social se situó en aquel momento en la tibieza de la determinación del delito, no en si lo hubo o no. Abuso sexual en lugar de agresión (violación), pero delito suficientemente demostrado, según la opinión de la mayoría que emitió la sentencia. Esta vuelta de tuerca es una ofensa a la inteligencia y una demostración de poder que sitúa a esta manifestación judicial en las antípodas de la justicia.

Suena a regodeo cuando dicen que los cinco no podrán ir por Madrid, donde vive la joven denunciante. Cómo si hubiera sido allí donde le machacaron la vida. Quedan libres para hacer lo mismo dentro de unos días en un nuevo San Fermín, a donde nadie les impedirá acudir a celebrar su hazaña.

Que nadie se extrañe si alguien reconoce a estos delincuentes en la calle y les dice un par de cositas como que han cometido un crimen, que son un peligro para la convivencia y, sobre todo, que no pueden convertirse en un modelo de comportamiento para otros jóvenes que lleguen a creerse con derecho a hacer lo mismo que ellos.

Lo digo, porque cuando escribo estas líneas estoy tomando un café tempranero en un bar de un barrio de Madrid. A mi lado, tres obreros -que están colocando una ascensor en el inmueble contiguo- atienden, como yo, a la noticia que revienta la pantalla del televisor, cariacontecidos. Uno de ellos se levanta, da un puñetazo que hace temblar la mesa y con gesto crispado avisa: «Por mi hija, que tiene 13 años, como los pille, me van a escuchar».

Soy la única mujer en el local, pero siento que compartimos el mismo duelo, el mismo dolor, la misma incredulidad. Y me preocupo, seriamente. Son ganas de alimentar la crispación.

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Libres para celebrar el San Fermín