Una dimisión que se hizo inevitable

.

Primera baja en el Gobierno de Pedro Sánchez. Una semana y primer relevo. Dimisión o invitación a dimitir, me da igual. Una vieja historia, vieja de hace diez años, una costumbre muy arraigada entre profesionales (la relación con Hacienda a través de una sociedad) produjo el primer sacrificio del «gobierno bonito». Màxim Huerta, una de sus estrellas mediáticas, tuvo que abandonar su cartera de Cultura y Deporte de forma precipitada, apenas diez horas después de que se publicase su noticia. Por la mañana, en conversación con Alsina en Onda Cero, no veía motivos para el cese. Por la tarde se despedía sin preguntas y con un dictamen: «La inocencia no vale de nada ante la jauría».

Este cronista comprende, claro que comprende, sus explicaciones. Para ser lo más exacto posible en la interpretación, Màxim Huerta no fue condenado por el Tribunal Superior de Justicia de Madrid, sino que perdió una demanda que él mismo había interpuesto por discrepancia con la Inspección Tributaria. Si no hubiera recurrido las actas de inspección y las hubiera acatado sin intentar defenderse, habría pagado lo mismo, quizá con menos sanción, pero hoy seguiría siendo ministro porque no habría sentencia que diese armazón a la noticia.

Y miren ustedes: seguro que Màxim Huerta es un correcto contribuyente desde hace diez años. Seguro que no hay ninguna otra mancha en su biografía, pero su situación se hizo insostenible por dos razones: por los compromisos previos de Pedro Sánchez y por la presión externa. Los compromisos de Pedro Sánchez están siendo muy recordados por los medios informativos: rechazo absoluto a quien haya creado una sociedad para pagar menos a Hacienda. Las hemerotecas están llenas de declaraciones y tuits en ese sentido. Ahora no podía olvidarlas si no quería quedar como un cínico que tiene un discurso cuando está en la oposición y otro distinto cuando está en el poder.

A la velocidad que va todo en este país, Màxim Huerta ya no era dueño de la repercusión de su biografía fiscal y Pedro Sánchez empezaba a sufrir los efectos de sus exigencias a los demás. Si había derribado un Gobierno por una sentencia de corrupción, el partido que sostenía a ese Gobierno está esperando la oportunidad de vengarse. Si Podemos hace de la ética una de sus banderas fundamentales, el caso Huerta le brinda la ocasión de ganar terreno en la izquierda. Y Ciudadanos ha sido el primero en pedir explicación parlamentaria. Todo junto, es lo que el dimitido llamó «ruido y bombardeo de la jauría». Personalmente, lo siento por Màxim Huerta. Políticamente, ojalá sea el aviso de que, para estar en política, hay que tener un currículo limpio como una patena. Cualquier mancha ética parece un crimen.

Conoce toda nuestra oferta de newsletters

Hemos creado para ti una selección de contenidos para que los recibas cómodamente en tu correo electrónico. Descubre nuestro nuevo servicio.

Votación
30 votos
Comentarios

Una dimisión que se hizo inevitable