A cámara lenta


Reconozco que el mundo está cambiando a una velocidad imposible de mantener y que cada día me resulta más difícil seguir los temas que apasionan a la mayoría de la gente. 

En general se habla de series de televisión, de nuevos artefactos tecnológicos, de famosos, cantantes y actores, de programas que no conozco, de esfuerzos deportivos anacrónicos, de viajes exóticos a países a los que nunca iré porque ya los he visto en la tele y me da pereza viajar hasta tan lejos.

Al final, la clave de la derrota está en que no soy capaz de apasionarme lo suficiente con las cosas de esta realidad acelerada que vivimos porque sigo disfrutando de un mundo en aparente proceso de extinción.

Sé que llegará el día en que el sol se apagará y tendré que vivir lo que reste en las tinieblas de entorno amenazador lleno de teleseries, aplicaciones insólitas, aparatos y formas de comunicación que no conseguiré controlar.

Entiendo que la ficción de las series engancha porque se acercan tanto a la realidad tanto como la vida se acerca a ellas llegándose a confundir.

¿Quién podría escribir mejor guion que El procés para una magnífica teleserie de consumo interno? ¿Quién imaginar un relato más apasionante que la caída del cuerpo incorrupto de Rajoy y el advenimiento de los diecisiete fantásticos que se ha sacado de la manga el asombroso Pedro Sánchez.

Es verdad que la realidad se impone, pero está ocurriendo que esta cada vez se parece más a la ficción desconcertando a la gente madura que vivimos tiempos en los que no pasaban las cosas a esta velocidad de vértigo.

No me extrañaría nada que el equipo ministerial se vaya transformando -según avance la serie- en La Masa, el Hombre Antorcha, la Chica Invisible, Spiderman o Lara Croft combatiendo contra un PP de cráneo rojo, el Joker, el Duende Verde o un T-Rex demoníaco.

Una realidad y unos personajes muy distintos a los que entreteníamos la fantasía con las correrías del Corto Maltés por un hampa elegante que te quitaba las gafas antes de darte el guantazo.

El medio ambiente ha perdido el aroma a blanco y negro y 33 R.P.M. que tenía, apareciendo otro embriagante de efectos especiales en alta resolución, demasiado impacto emocional sostenido.

Tanta teleserie, tanta fantasía, tanta realidad, tanta comunicación, tantos grupos de WhatsApp nos ha llevado a tener que aprender inteligencia emocional, practicar mindfulness y rescatar las viejas sabidurías orientales etiquetándolas como terapias de última generación.

Comulgo con el movimiento slow que propugna una vida a cámara lenta, lo que está pasando es apasionante, pero se necesita bajar la velocidad para poderlo entender.

Tanta intensidad acaba siempre en un cogitus interruptus.

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