No hay otra explicación. Son 2.355 días en la Moncloa y toda una vida desde la Diputación, la Xunta, como ministro, como vicepresidente, a los hilillos de plastilina, a son casos aislados de corrupción, siempre de perfil y esperando a que escampase. Sé que hay muchos expertos que dicen que Mariano Rajoy ha sido un dirigente genial, habilidoso, conocedor de todos los modos de manejarse en el poder, maestro en los intrincados caminos de la política vaticana. Que casi ha exterminado a sus rivales, dentro y fuera del partido, sin moverse. Que tiene la capacidad zen de superar las crisis. Y, en su despedida, no le pienso negar a esos expertos, y menos al ya expresidente, la genialidad de no hacer, de pasmar, de medir impasible los tiempos, de actuar con la máxima de que hay dos tipos de problemas: los que se arreglan y los que no.
Con lo que no contó Mariano Rajoy es que sus desplantes, sus ausencias, sus rumiados silencios, sus comparecencias de plasma, iban haciendo callo en miles y miles de personas y en casi todos sus rivales en el Congreso de los Diputados. Eso es lo que calculó mal por primera vez en su vida. Todo era culpa de Mariano o lo parecía. Los chistes en las redes sociales se multiplicaban hasta el infinito y más allá. Y no saben bien lo que mata hoy un meme genial. No se dio cuenta Rajoy, en su entorno, en el PP, sí hubo gente que vio venir ese hartazgo y que estaba preocupada, que crecía una lava que podía arrasar con todo y crear la tormenta perfecta para que se diese la forzada votación de ayer. Sánchez lo único que hizo fue convertir la moción de censura en ese plebiscito de odio y rabia. No se votó ayer por un nuevo gobierno. Se decidía solo más Mariano o adiós a Mariano.
La suma extraordinaria y heterogénea, desde las Mareas gallegas a Bildu, nació de la rabia y del odio que terminó por provocar lo grotesco de la invisibilidad. Las manifestaciones de los pensionistas en las avenidas de España, hasta lo mucho que caló el lógico movimiento a favor de la igualdad con las mujeres, venía de ese hartazgo enquistado en esa manera de hacer política que terminó por debilitar e intoxicar al maestro en practicarla. Mariano se fue agostando en su ya pasará. No hay otra manera de explicar lo paranormal de lo de ayer.
No es flor de una semana de frenéticas negociaciones de Sánchez. Creo que Sánchez negociar, solo negoció con el PNV, que, aunque los vascos se han vendido muy bien, únicamente fueron el golpe de gracia. Importante, pero la coletilla de una suma dispar con la que el nuevo presidente no ha negociado nada, más allá de las buenas palabras, de vamos a reunirnos, de abrir puertas y ventanas (que es mucho). Ahora empezará lo peor para un Gobierno inédito en España, sin casi respaldos. Pronto se verá que en efecto el espectacular marcador de 180 fue una amalgama del rechazo que Rajoy se ganó por duración en el poder y por negación de la realidad de los miles de españoles que siguen viviendo mal, justos, sin dinero para respirar, de unos pensionistas estrangulados que tuvieron que salir a la calle para clamar, de unas mujeres hartas de un personaje con un toque del siglo XIX que era, para ellas, otro símbolo de todo lo que tiene que cambiar para que empiece a notarse un mínimo movimiento hacia la igualdad.
El PNV decidió con el bolsillo y con la imagen en las retinas de los jubilados en las calles vascas, uno de los lugares donde empezaron las manifestaciones. Y, conseguida la surrealista continuidad de los presupuestos por parte de Sánchez, se votó el pegamento del rechazo a Mariano y se terminó con años y años de una presidencia que se resume en un jefe de gobierno demasiadas veces enrocado en sí mismo. Tanto que hasta no quiso pedir perdón, o cuando menos disculpas, por una sentencia judicial intolerable en democracia. No todo valía. Queda para la Historia como gesto definitivo ese bolso en el escaño azul del presidente, mientras él se despedía de los suyos en un restaurante ausente del debate de su censura. El equilibrista se cayó del alambre.