Cómo aprendí a contar ladrillos

Carlos Graña TRIBUNA

OPINIÓN

21 may 2018 . Actualizado a las 20:08 h.

«En París solo comía pan y aceitunas y no tenía dinero para un techo, así que dormía en su estudio». Balkrishna Doshi, reciente ganador del premio Pritzker de arquitectura, nos contaba lo mal que lo pasó cuando empezó a trabajar para su gurú: Le Corbusier. El arquitecto más influyente del siglo XX lo aceptó para trabajar. Eso sí, gratis los primeros meses. «Valió la pena», decía Doshi.

Stefan Behling, número dos de Foster and Partners, me recomendó para ir a trabajar con Doshi en la primavera del 2006. «Un arquitecto que hacía ciudades enteras solo con ladrillos -pensaba yo- ¡qué aburrido!». Fue la mayor suerte de mi vida.

Una mañana en Ahmedabad, donde tiene su estudio, yo estaba haciendo un plano que, para mí, era una obra de arte. Doshi se me acercó y me preguntó por el proyecto. Se lo enseñé entusiasmado, me escuchó con calma, tomó aire y me echó una bronca que recuerdo perfectamente: «¡Es precioso, sí! ¿y qué? Cada línea que dibujas es dinero de la gente. ¿Quién va a pagar todo eso?, ¿tú?».

El ganador del Pritzker trabajó con los dos mejores del siglo XX: Kahn y Le Corbusier. Con Kahn aumentó aún más su espiritualidad, era como un yogui indio, decía mi jefe Doshi; con Le Corbusier, el acróbata, que decía él, absorbió su pasión por ser el mejor, esas rutinas de boy scout de levantarse a las 7 de la mañana todos los días para hacer ejercicio, porque si no, los demás trabajarán más o mejor que tú. Ya nadie es mejor que Doshi.

Se ha ganado el premio Pritzker, sí. Respeta como pocos la arquitectura tradicional como filosofía del sentido común y el aprovechamiento de los recursos durante siglos en un clima determinado y para una sociedad concreta. Es la arquitectura de los más grandes, porque entabla un diálogo entre la historia, los materiales de construcción, la naturaleza, la luz, el hombre y su comunidad.

Una arquitectura en la que contábamos los ladrillos de cada pared de cada casa para que no hubiese ni uno de más, porque eso supondría que, en vez de 50.000 personas, solo cabrían 47.000. Y, sirviéndonos de los vientos dominantes, de la orientación y de la experiencia, no hacía falta calefacción ni aire acondicionado. Ahora lo llaman sostenibilidad. Nunca oí esa palabra en el estudio, pero resonaba en cada ladrillo.

Trabajar de verdad para las personas hace que todo el esfuerzo valga la pena, decía Doshi. Recuerdo varias noches de trabajo sin dormir. En una de ellas ya no podía más. Quise echar una cabezadita en el suelo y me pasé toda la noche dormido allí. Él me despertó riéndose, alegre, como siempre. También puedo decir que valió la pena.