La elegancia


«La elegancia es cuando lo de dentro es más bello que lo de fuera». (Coco Chanel) Después de una agradable velada con amigos surgió el tema de la elegancia y allí estuvimos dándole vueltas al asunto; dos días después varios medios hablaban también del tema. Me dio que pensar por qué el inconsciente colectivo y la latencia grupal sacaban este emergente, quizás sea por la chabacanería que inunda todo el entorno. El mundo elegante ha quedado relegado al eslogan un papel de fumar.

La elegancia es un concepto borroso, una tautología tipo: rasgo o conjunto de rasgos que caracterizan a una persona o cosa elegante ¿Pero qué rasgos? La elegancia no está en el bien vestir ni en los modales palaciegos, no tiene nada que ver con lo sofisticado ni con la suerte genética. Hay cosas, animales y gentes elegantes de por sí, hay perros palleiros elegantes, mendigos elegantes, ruinas elegantes y hasta difuntos que lo son.

Para el diccionario, elegante es aquello que está dotado de gracia, nobleza y sencillez, pero la elegancia es mucho más que eso y a veces no es nada de eso. La gracia y la sencillez se educan y aprenden y la nobleza se hereda, pero la elegancia que se descose de lo superfluo y se expresa en detalles que nadie elegiría si pretendiera ser una persona distinguida -elegancia deriva del latín eligere que significa escoger, elegir- esa es la verdadera, a esa elegancia le vale todo porque nada le sobra.

Cuando se piensa en algo elegante se piensa en Audrey Hepburn, en una pantera o en un cuadro de Modigliani, pero hay chicas de la calle, gatos callejeros y dibujos infantiles igual de elegantes o más.

Ese adentro al que se refería Coco Chanel en el encabezado de esta plática apunta a las emociones, a los rasgos morales que expresan la verdadera elegancia. La humildad y la sencillez son elegantes, la amabilidad, la bondad, la solidaridad, la buena educación y la empatía, se vistan como se vistan, siempre resultan elegantes.

La mentira, la hipocresía, el rencor, la cobardía, la corrupción... por muchos abalorios y ropa de marca que le pongas nunca pueden ser elegantes. Ojo al dato para quienes aspiren a serlo.

Después de muchas vueltas me quedo con la definición de elegancia que me recitó una amiga a la salud de su autor, el erudito colega J.A. Vallejo Nájera: «La elegancia es un bellísimo kimono de seda tintado con colores naturales, que alguien aprieta en una mano y lo lanza al aire hasta caer sobre una bruñida mesa de madera sobre la que se desliza hasta el suelo en la oscuridad».

La elegancia es eso: un Koan Zen.

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