Disculpen la eucaliptosis

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La ciencia no es dogma ni opinión. La ciencia es verificable, contrastable, sistemática, se rebate, se revisa, es autocrítica, no caben contradicciones, creencias, líderes, ni intereses particulares y genera un conocimiento de bien común para la sociedad que da lugar al progreso. Gracias a ella ha sido posible demostrar que la Tierra era redonda antes de haberla visto desde el espacio, aunque aún haya personas que duden de ello. Por lo tanto, es lógico pensar que el conocimiento científico debe estar presente en decisiones políticas, en educación, en sanidad y en gestión medioambiental. En ocasiones ocurre que ese conocimiento científico es incómodo o contrario a las creencias o a los intereses particulares. La polémica está servida, y será mayor cuanto mayor sea el interés particular, habrá mayor desinformación, mayor confusión social.

Es difícil pasear por la costa gallega o cantábrica sin estar rodeado de bosquetes o plantaciones de eucaliptos, o sin avistarlos en el horizonte. Aquí son emblemáticos, y suponen un ingreso extra para muchas familias. Pero el análisis científico de la situación actual señala varias especies de eucaliptos como invasoras en nuestro país. Haber llegado hasta aquí es debido a una mala gestión medioambiental y al carácter invasor de estas especies. Obviamente, si los eucaliptos no fueran especies invasoras no estarían presentes en parajes naturales, ni en riberas, tojales o brezales, pero tampoco en cunetas y taludes de las vías públicas. Al ser especies exóticas, si no tuvieran carácter invasor, todos los eucaliptos tendrían dueño y se conocería quién los plantó allí. Sin embargo, el hecho es que hay miles de eucaliptos sin dueño, sin responsable ante los daños que como especies invasoras puedan provocar al medio ambiente y a las personas. El beneficio del cultivo es particular, pero el daño de la invasión es público. El abandono de las explotaciones, las prácticas inadecuadas o la delimitación dudosa de las parcelas de cultivo agravan el problema.

Parece mentira, pero este buen árbol de gran rentabilidad para algunos, que da una sombra estupenda, que huele de maravilla, que tiene utilidades medicinales y que forma parte del paisaje de la infancia para cualquier oriundo de la costa norte, debe erradicarse según la ley vigente sobre manejo de especies invasoras. La reacción política más fácil, cómoda, cortoplacista e irresponsable es negar el problema y seguir incentivando su cultivo sin ofrecer alternativas. El progreso nunca fue fácil.

La gestión de estas especies requiere una voluntad política importante, donde se alcancen acuerdos con todas las partes afectadas, con asesorías de expertos y participación ciudadana, para elaborar un plan de acción consensuado, posiblemente con una reducción paulatina del cultivo, como se ha iniciado en Portugal, y una erradicación selectiva demandadas por una sociedad cada vez más concienciada con el futuro del bien común.

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