De los nuestros


Si hubiera un Pritzker póstumo habría que dárselo sin dudarlo a De la Sota. Un arquitecto que abarcó obra civil y privada, edificios institucionales, naves industriales, colegios, residencias, viviendas unifamiliares, recintos deportivos y hasta un pueblo entero con sus casas, calles y plazas, y que en todos los proyectos dejó su sello personal -no hay uno igual a otro- pero atendiendo a la máxima fundamental de la profesión: la función.

Sus croquis y planos son poesía de escuadra y cartabón. Su obsesión era que la luz y el aire inundasen el espacio, su obra fue una ventana abierta en el anquilosado edificio de la autarquía.

Encima fue un abanderado del high tech de la época, con el uso de paneles prefabricados de hormigón, de esbeltas vigas-puente o de cubiertas de fibra de vidrio como la del pabellón de Pontevedra. Fue minimalista (centro de cálculo de la Caja Postal de Ahorros, en Madrid), hizo arquitectura orgánica (residencia de Miraflores de la Sierra), diseñó mobiliario... Y siempre pensando en las personas y sus necesidades. De la Sota es uno de los nuestros.

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