El ronquido fatal


Cuando el viernes a las seis de la mañana nos despertó el ronquido del helicóptero de salvamento, que es el único que ronca a esas horas, supimos que estaba pasando algo malo. Normalmente el ruido pasa rápido porque el helicóptero se aleja hacia alta mar, a veces solo de maniobras. Pero en esta ocasión permanecía y solo las fuertes rachas de viento graduaban el volumen como en oleadas. Al poco, ya La Voz había colgado en su página web la noticia: una chica de 22 años, que había venido de Ourense con un grupo de amigos a pasar el fin de semana, había desaparecido. Cada vez que el mar se cobra una nueva presa nos acordamos de los otros náufragos. El mar entonces es como el dragón dormido que vigila la aldea, como la montaña de Nepal que se cobra su diezmo, como los leones de Tsavo. Es como el volcán que cada cierto tiempo muestra sus entrañas de infierno y luego se calla. Como los terremotos de México. Nadie tiene la culpa. Es un horror y los siento muchísimo por sus padres, por sus amigos que se sienten culpables y perplejos. Que están ahora viviendo todo esto como si no fuera verdad, como una película surrealista y cruel. ¡Es un precio tan grande para una tontería tan pequeña!

Y aunque ya no se puede hacer nada, en la coraza se mantiene un campamento y en el mar las embarcaciones de socorrismo para los padres. Para que sepan que nos importa y que estamos horrorizados. Y que hay cosas a las que el hombre no llega. Que no se puede prohibir el mar, que no se pueden abolir las tormentas.

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