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Es increíble que viviendo el ser humano en la llamada era de la información uno de los grandes problemas sea estar malinformado. A golpe de clic tenemos acceso a más información de la que hayamos podido soñar. Pero precisamente por la rapidez y la facilidad con la que se propagan los conocimientos, también fluyen y multiplican su impacto los bulos y las mentiras.

La última sinrazón que está expandiéndose por los países desarrollados es la tesis de los antivacunas. Unos se suman al movimiento apoyándose en argumentos pseudocientíficos, como el famoso informe, que ya ha sido calificado por todas las instancias de fraudulento, que asociaba la vacunación con el autismo. Otros prefieren recurrir a motivos de índole moral o filosófica: reclaman su libertad para decidir, o a dejar que la naturaleza siga su curso.

¡Con la de vidas que han salvado y salvan las vacunas y con los esfuerzos que hacen los países menos desarrollados para elevar la cobertura de su población! El daño que pueden llegar a causar los antivacunas es tremendo. No inmunizar a un niño significa exponerlo al contagio de una enfermedad -que puede resultar mortal- por la que no tendría que pasar, porque el sarampión o la tosferina son enfermedades que se van controlando según aumenta la vacunación. Pero sobre todo supone poner en riesgo a todo el entorno, y especialmente exponer a un posible contagio a los miembros más vulnerables de la comunidad, a aquellos que no se vacunan porque no pueden (cáncer, alergia, etcétera), no porque no quieren.

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