Quini, el embrujo del gol

Nieves Abarca LÍNEA ABIERTA

OPINIÓN

LUIS TEJIDO | EFE

01 mar 2018 . Actualizado a las 08:09 h.

Era yo muy cría cuando destituyeron a Kubala. A mí me gustaba el fútbol. Escuchaba los domingos Tablero deportivo cuando iba con mi padre a pescar a la presa de Cecebre. Me sentaba en el coche, asiento del conductor, por supuesto, y escuchaba el devenir de los partidos. En aquella época ya era del Dépor. Iba al estadio (a la grada de niños) y sufría en silencio (nada nuevo) los avatares blanquiazules. Me gustaba tanto el fútbol que insistí e insistí hasta que mis padres accedieron a subir desde Monelos hasta Los Mallos e inscribirme en el mítico Karbo, donde fui una tuercebotas de lo más rubio y pinturero.

Pero estaba escrito que mi amor futbolístico no fuese solo blanquiazul, por desgracia. Aprendí muy pronto a ser adúltera deportiva. Me enamoré de tres jugadores a la vez (y no estaba loca, bueno, o sí), los tres del Fútbol Club Barcelona. Schuster, Alexanco y Quini. Enrique Castro, Quini. Aún tengo su autógrafo.

Y todo ocurrió tras la destitución de Kubala.

Tras Kubala llegó Helenio Herrera. Justo fue en ese momento cuando me hice hincha del equipo culé. No tengo ni idea de cómo ocurrió, pero fue irracional, estúpido e intenso, como tiene que ser el amor.

Unos días antes, mis padres habían hecho las maletas para volverse a Londres: el golpe de estado de Tejero convulsionó (siempre he querido poner «convulsionó» en una columna) el país a golpe de tiros en el techo y señores escondidos bajo los escaños. Vivíamos de convulsión en convulsión, el Barça a punto de empatar en la cabeza de la tabla, Quini, máximo goleador, el pichichi, el Brujo. Su cabeza aparecía de la nada y clavaba el balón en la red. Saltaba como un bailarín, la pierna surgía y ¡zas! Gol. Como iba diciendo, España vivía de forma convulsa, y al poco de que mis padres deshicieran las maletas ante el fracaso de Tejero, secuestraron a Quini.

Aquello fue ya el acabose. Quini. Un buen tipo. Secuestrado. Abismo. Angustia. Adiós a la liga. Fue entonces cuando me di cuenta de que ser culé era comenzar un camino de piedras afiladas, pero no me importó. Una tiene alma de mártir cristiano y a falta de leones y tigres, había que alimentar el sufrimiento de alguna forma moderna y poco sangrienta. A lo que iba, Quini. Veinticinco días de secuestro. Veinticinco días de aguantar la respiración. Rescate, cien millones de pesetas. Dos secuestradores que tenían cuenta en Suiza. Liberado. Alexanco lloraba. Su mujer, Nieves, lloraba. Todos llorábamos. Y ganamos la Copa del Rey.

Todo el mundo adoraba a Quini (además, era dueño de una sidrería, eso es algo muy adorable). Y a su hermano Jesús, el héroe, el que falleció en la playa salvando a unos críos ingleses de morir en el mar. Seguro que era algo de familia, héroes de una tarde, gente buena, gente a la que echamos ya de menos. Descanse en paz, Enrique Castro.