Frances McDormand


En su última aparición en los Bafta la enorme Frances McDormand no vistió de negro para sumarse al MeToo. No le hace falta, pero aun así tuvo la delicadeza de explicarse ante el público, como suele hacer ella, sin remilgos ni amparos de ningún tipo: «Tengo un pequeño problema con la docilidad», dijo, pero «quiero que sepáis que estoy en total solidaridad con mis hermanas de negro esta noche». Y el auditorio estalló en aplausos para reconocer el buen hacer de estar actriz genuina, sin filtros, que siempre ha trabajado en los márgenes de su oficio. No hay papel que no haga McDormand que no emocione, que no castigue, que no remueva y que no nos alivie tanto a las mujeres como los de ella. He visto tarde Olive Kitteridge, la magnífica miniserie de HBO, que protagoniza y de la que es responsable a muchos niveles, y he vuelto a caer rendida a su interpretación. A cómo es capaz de darnos a esas mujeres extraordinarias, rebeldes, sensibles, hirientes, bordes, raras, y absolutamente normales que parecen que no existen, si no fuera por que McDormand les da vida. Hasta tal punto que cada vez que esta actriz se sube al estrado para recoger un premio (el próximo será el Óscar) pensamos que es exactamente igual que todos sus personajes. Una mujer que muestra sus arrugas, que soporta los puñetazos de su oficio, que se atreve a darlos y que jamás obedece. Qué grande es Frances McDormand.

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