En inglés diría que soy ordinary people: una mujer común y corriente. No finalicé los estudios cuando estaba en edad por falta de recursos. Fui dependienta en unos grandes almacenes, operaria en una fábrica de serigrafías, administrativa en una compañía de seguros, secretaria en el Colegio de Arquitectos, aprendiza de periodista en la Voz de Vigo y El Pueblo Gallego, periodista profesionalizada pero sin contrato ni cotizaciones para la jubilación en Interviú, El Siglo, Tiempo, Radio Popular y El País, durante doce años. Ya legalizada, fui efa de prensa del Ayuntamiento de Vigo; directora gerente de Incolsa, directora del Museo de Ferrocarril de Madrid, directora de comunicación corporativa de la Fundación de los Ferrocarriles Españoles. Y tuve tiempo de finalizar los estudios secundarios y universitarios después de casada y madre de una hija y un hijo, que tuve antes de los 23 años. ice teatro, grabé discos de cuentos en gallego, escribí varios libros, pasé por mi magnetófono a Cunqueiro, Laxeiro, Casares, Queizán, Ruibal, Colmeiro, Avendaño, Ferrín, Dans, Ferreiro, Blanco Amor, Dieste, Del Riego, Fraga, Rajoy, Cuíña y tantos otras que la memoria no me permite recordar de un tirón. Y en política hice de todo: municipal, autonómica, estatal, europea y latinoamericana.

Ahora estoy en tiempo de cerrar etapas y hacer balance. ¿Y sabéis a que viene tanto recordatorio? Pues a deciros que me too, porque ya os avisaba que soy una mujer corriente, de esas que por edad nos tocó abrir camino en medios totalmente masculinizados. Y como tantas otras, pasé por ginecólogos que confundían palpar el pecho con sobarlo, tuve jefes que casualmente ponían las manos en lugares inapropiados, recibí requiebros groseros durante todo el tiempo en que estaba en edad de merecer, fui acorralada contra las paredes de un parlamento por un colega que tenía furor testicular, recibía continuas invitaciones de un conselleiro obsesionado con llevarme a bailar a Silleda, escuché todo tipo de propuestas no santas que iban de vuelta con una sonrisa porque si llego a decir lo que me inspiraban el mundo se cerraría para mí, me acosaron con anónimos con amenazas sexuales irreproducibles durante varios años, instándome a dejar la política o se contarían detalles de mi privacidad, sobreviví a varias separaciones en las que hubo de todo como en botica, y tuve apoyo y regazos cálidos de amigas inasequibles al desaliento que vivían cosas semejantes, cada quien en su ámbito. Todas calladas como muertas, porque la vergüenza de lo vivido sólo conseguía burlas cuando se insinuaba cara afuera.

Por tanto, no hay que ser muy espabilada para ser feminista. Lo raro es lo contrario. Y así, desnuda, os llamo a movilizar, denunciar y revolucionar un estado de cosas que resulta indigno pero que, aún, indigna poco. Yo también. ¿Y tú?

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