Los líderes y los historiadores catalanes traen a colación acontecimientos remotos, sustraídos a toda censura, interpretados según una libertad que los adapta a la situación actual. Son como hechos míticos indiscutibles, verídicos por naturaleza, sencillos y muy emotivos. El mito apela a los orígenes y al fundamento, da sentido a la vida, a lo que se hace, dirige la mirada a las esencias, a lo perdurable, saca a la luz aspiraciones profundas de un pueblo que no son objeto de estudios racionales. El mito es irracional, otorga consuelo, no necesita una demostración empírica de sus relatos y permite estar en contacto con las fuentes de las preocupaciones, del dolor y de la miseria. Solo se espera de él que de sentido al quehacer diario y justifique los esfuerzos y sacrificios que exigen los proyectos. El mito expresa una realidad independiente de la realidad, revela una verdad oculta a los que no admiten la narración mítica. La narrativa mítica catalana recupera experiencias y sentimientos y llena un vacío que la narrativa española y españolista había eliminado y creado. El pueblo catalán cultiva, mima, potencia y venera los símbolos y los mitos que potencian y custodian la pureza de su identidad
Todos los progresos extraordinarios se relacionan con la identidad y el ethos. Los líderes catalanes, desde Pujol hasta Puigdemont han mostrado gran habilidad en traducir los ideales del catalanismo a un lenguaje, que todo el mundo puede comprender y aplicar, mezcla del mito y de logos, el sentimiento y la razón, el amor a Cataluña y el desafecto a España. Para explotar el mito como si fuera un logos capaz de aplicarse en una manera pragmática, hay que crear un caos. «España nos roba», «catalanes pagamos los caprichos de otras autonomías». Es necesario que nosotros gobernemos cuanto antes. Ningún partido españolista nos va a sacar del caos». Por ello, todo y todos los que no permiten que ellos gobiernen son una amenaza y un enemigo del progreso y del bienestar. La nueva religión, el nacionalismo, tiene solo un mandamiento: poner en práctica y aceptar todo lo necesario para lograr la independencia. «Para solucionar nuestros problemas hay que admitirlos y los españoles no los admiten», me dijo un político catalanista. «Los españoles no hacen nada bien aquí. Y cuando gobernamos nosotros hacen todo para que nosotros tampoco hagamos nada».
Maragall era un burgués y nacionalista catalán. Pero la burguesía y los nacionalistas nunca perdonaron ni se perdonaron a sí mismos que les haya gobernado Montilla, un charnego. Desde entonces el PSC no es lo que era, navega sin rumbo y no ha dejado de perder voto. «Iceta no hace lo que quiere y no quiere lo que hace». El PP no tiene nada que hacer, piensa lo mismo que CiU, es español y se opone al nacionalismo. Ciudadanos es un movimiento social que tal vez capte el voto de muchos residentes catalanes no nacionalistas y de no catalanes residentes en Cataluña descontentos con la radicalidad de partidos tradicionalistas catalanes. Si los partidos constitucionalistas logran forman gobierno podrán cambiar la administración, pero para cambiar la sociedad tendrán que cambiar la enseñanza y los medios de comunicación, cosa harto difícil. Los independentistas solo darán por terminado el procés cuando hayan logrado la independencia. «No van a engañarnos reformando una Constitución que no es la nuestra». Y si gobiernan los nacionalistas, estarán divididos y vigilados de cerca por Madrid.
La nueva religión, el nacionalismo, tiene un mandamiento solo: poner en práctica y hacer todo lo necesario para lograr la independencia