Un bautizo, dos entierros


Un bautizo por cada dos entierros. Un escolar por cada dos jubilados. Un ocupado por cada dos gallegos y medio. Veamos de otra forma el panorama desolador que dibujan los últimos indicadores de población y del mercado de trabajo en Galicia. Cada diez gallegos ocupados deben mantener con sus rentas a once inactivos. Con sus impuestos y cotizaciones, los diez ocupados deben pagar también la pensión, los fármacos y la asistencia a seis jubilados, la educación obligatoria a tres menores y las prestaciones por desempleo a dos parados. No lo consiguen, claro, porque no hay rentas -y menos aún los raquíticos salarios gallegos- que soporten una carga tan pesada. Y por eso crece el déficit de la Seguridad Social y se multiplican las dificultades para financiar servicios públicos fundamentales como la sanidad. Achacosos y envejecidos, nos mantenemos en pie con las muletas que nos presta el Estado mediante su función de redistribuidor de recursos. Galicia pierde población a ritmo creciente. El número de defunciones duplica al de nacimientos y el saldo migratorio continúa siendo negativo: se van más de los que vienen. Galicia lleva camino de convertirse en un gran geriátrico, estadio previo a su paulatina desaparición como pueblo.

La cuarta parte de los habitantes tienen más de 64 años. La edad media de los gallegos asciende a 46,7 años -en Ourense ya alcanza el medio siglo-, ratio superior a la española y a la de cualquier país del entorno europeo.

El Viejo Continente es más viejo que nunca, pero Galicia se lleva la palma: entre más de 400 regiones europeas, figura entre las 25 más envejecidas.

La tasa de natalidad desciende a medida que se desarrollan los países, pero el proceso se agravó en este rincón del noroeste por la hemorragia secular de la emigración. Aún estamos pagando aquella herencia.

La sangría demográfica constituye, sin género de dudas, el principal problema que afronta Galicia. Un país, como nos enseñaron en la escuela, lo forman una comunidad de personas y un territorio. Si la comunidad se desinfla y el territorio lo estragamos, ni hay futuro ni queda país. En el envite nos jugamos la supervivencia.

Y esta no la garantizan los remedios caseros: ni las campañas de fomento de la natalidad, ni los chequés-bebé, ni la conciliación laboral de la pareja, ni las ayudas a familias numerosas. Las tiritas y cataplasmas pueden aliviar la dolencia, pero no curar el cáncer.

El declive solo se puede revertir desde la vertiente económica: si somos capaces de generar un país de oportunidades y un país de puertas abiertas. Para que quienes están dentro no quieran irse y quienes están fuera quieran venir.

A principios de siglo, antes del hachazo de la crisis, esa utopía parecía alcanzable: la llegada de inmigrantes hizo repuntar la población gallega e incluso las tasas de natalidad. Es posible.

Pero siempre que, previamente, Gobierno y oposición superen la miopía cortoplacista que marcan los ciclos electorales y sitúen el problema demográfico en la primera página de sus respectivas agendas.

Si Galicia se desinfla y el territorio lo estragamos, ni hay futuro ni queda país. Nos jugamos la supervivencia.

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