El mejor y el peor de los tiempos


Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos. Tiempos malos y a la vez tiempos buenos. La adolescencia se avecinaba con sus tormentas de enfermedades efímeras pero virulentas, sus zozobras pero también sus descubrimientos. Los regalos de la infancia se quedaban amontonados en su inutilidad y a cambio nos esperaban cenas recalentadas tras las preguntas sin respuesta. Necesitábamos una guía para apartarnos de los pobres de espíritu. Y la hallamos en aquella voz que nos aconsejaba cómo mirar en nuestra nueva vida, que nos devolvía la esperanza. La hallamos en aquella caja de música sin cuerda cada vez que recomponíamos sus discos con la misma cinta, grabada una y otra vez de la radio, entre seseos y crepitares. Luego, como alguien de buen parecer, llegó la edad adulta y la adolescencia quedó recluida. Pero la echábamos de menos y a través de la puerta entornada volvimos a ver el color del mar y aspirar el aroma de las flores. El eco ganó nitidez y regresaron aquellas canciones. Las del mejor de los tiempos, el peor de los tiempos.

Conoce toda nuestra oferta de newsletters

Hemos creado para ti una selección de contenidos para que los recibas cómodamente en tu correo electrónico. Descubre nuestro nuevo servicio.

Votación
8 votos
Comentarios

El mejor y el peor de los tiempos