Cuando cesó la lluvia

Ramón Pernas
Ramón Pernas NORDÉS

OPINIÓN

03 dic 2017 . Actualizado a las 05:00 h.

Aquel año, este año, en el antiguo reino de la lluvia, se secaron las fuentes, se agostaron los pantanos y en el país de los mil ríos estos dejaron de cantar la sinfonía de agua. Huyó la lluvia galopando por entre las nubes y dejando un telón azul de primaveras en el cielo. Envejecieron de amarillos los verdes del paisaje, y los viejos del lugar, de todos los lugares de Galicia, contaban las leyendas del agua, de cuando san Mamede visitó Galicia a lomos de un diluvio que inundó geografías y aldeas.

En el recuerdo regresaban días de humedades y humedales, mañanas de chubascos, tardes de treboadas y amanecidas de orvallos que llenaban los campos de pequeñas perlas de agua, y una nostalgia de lluvia llenaba de memoria los hogares.

Y contábamos que somos personajes de un poema de Hernández cuando nos señala como hechos de lluvia y calma. Me siento habitante de una estrofa de un verso de García Lorca que asegura que «mi alma tiene tristeza de la lluvia serena».

La misma que este año desertó de su origen antiguo y se fue a otras tierras lejanas a llevar un mensaje que da cuenta y razón de que éramos, lluvia mediante, como canta el himno de los gallegos «do seu verdor cinguido».

Del agua, de la Galicia asulagada, de los pueblos inundados, emergen campanarios sin campanas que ya no doblan a muerto. Y hay una geografía de aldeas que se han desaparecido bajo las aguas; testigos de que aquí estuvo mi casa en un atlas mínimo de pueblos despoblados. Y por donde respira la memoria se oye cantar a Pablo Guerrero como en una reivindicación urgente, que tiene que llover; que tiene que llover a cántaros.

El pueblo de los lapones, los inuit, tiene numerosos nombres para referirse a la nieve. Depende incluso de su entonación. Los gallegos no les andamos a la zaga: hasta 70 nombres, según la filóloga compostelana Elvira Fidalgo, tiene la lluvia en nuestro idioma, vocablos eufónicos como ziobra, dioivo o froallo son bellas maneras de llamarla según su intensidad.

La lluvia gallega que conmovió a García Márquez cuando en mayo del 83 visitó Galicia buscando sus orígenes y los de su literatura mágica y, tras tres días de lluvia incesante en Santiago, escribió en su cuento Viendo llover en Galicia que somos un país mítico y que en los países míticos nunca sale el sol.

Habrá que hacer rogativas, sacar los santos a la calle, invocarles la petición del milagro de la lluvia, prometerles en ofrecimiento una manteca fresca, un jarro de licor café, un manojo de grelos de invierno o, podría ser, como le gustaba contar a mi maestro Cunqueiro, un bote de melocotones en almíbar. Los santos celestiales que son de natural golosos, lambones y/o larpeiros, sabrán ser agradecidos como suelen.

Lo cierto es que estamos en un nuevo discurso de isobaras, de trenes de tormentas que siempre pasan cerca pero que no arriban a ninguna estación o apeadero de los nuestros; lo cierto es que en este otoño no se abren las fuentes y que Rosalía dijo un adiós casi definitivo a los ríos, a las fuentes y «aos regatos pequenos».

Aquel año, este año, cesó en nuestra tierra la lluvia. Se hace esperar cuando ya inauguramos diciembre, mes que viene con su carro de fríos cubriendo toda la chaira con su manto de heladas madrugadoras de blanco rocío. En nuestra memoria de anfibios humanos estamos deseando que llegue igual el aguacero si lo traen los señores magos de Oriente.