Ni la literatura puede con ellos


La literatura existe para soportar la realidad. Por eso me hice escritor en la adolescencia, cuando se hacen los escritores, con poemas de amor que mi padre arrojó a la basura el día que se jubiló y se le ocurrió hacer una limpieza en la buhardilla del piso. Allí estaban mis versos adolescentes, que todo lo resistían, menos el paso del tiempo. Los echo de menos porque si regresase a aquellos sonetos y romances encontraría la parte más ridícula de mí mismo, la única que se salva en realidad. Quiero decir que somos como somos y lo disimulamos largo tiempo hasta que llegamos a la conclusión de que la vida es breve, que se acaba y que debemos vivir sin sufrir demasiado daño. Yo ya no tolero el daño exógeno. Es decir, desprecio a los imbéciles. Antes, no. Un imbécil podía arañarme. Ahora, sin más, los ignoro.

Dicho esto, que es una confesión personal que solo interesará a los más fieles jinetes de mis columnas, digo que salen «ella» o «él» en la televisión y yo cambio de canal o la apago, sin más. Me pasó hace años con Miguel González, Míchel, el interior derecho del Real Madrid. Hoy, sin embargo, lo tolero. Una tarde de fútbol europeo, mientras merendaba un plátano con mi tía Concha, no soporté la ira y tiré la piel del plátano al televisor Phillips recién estrenado. Mi tía estuvo un par de días enfadada. Pero me perdonó. Porque una tía soltera, con la que uno se cría, es más madre que la más madre de todas las madres. Decía que a Míchel, pese a todo, ya lo soporto. A Ada Colau y a Gabriel Rufián, no. Los veo aparecer y desconecto de inmediato. Representan todo lo que yo no quiero que sean ninguna de las personas que estimo. O eso me parece.

Colau pasó del acoso a los que no pensaban como ella a gobernar el Ayuntamiento de Barcelona: ahora los desahucios, que siguen existiendo, hacen menos ruido en los manifestódromos de la ciudad condal. Buen sueldo y diferentes compañías. Pasó de pisar lugares okupados a pisar moqueta y eso le da un plus de honorabilidad entre la clase política, que cada vez tiene menos clase. Está en medio de todos los frentes, menos de uno: cuando se trata de odiar a los que no piensan como ella siempre la encontrarán ustedes en primera fila. Es de esa clase de gente que te mata con una sonrisa en los labios. De los que dicen por delante una cosa y sostienen lo contrario por detrás. Su ambición no tiene límite y eso no es malo, pero cuando la ambición se fundamenta en el rencor y la inquina ya deviene en cesarismo.

Gabriel Rufián, el otro que me provoca esa reacción, es el bufón al que pagamos sus bufonadas, que asiste cuando quiere al Parlamento español (su trabajo), que se burla de todos los que no son sus conmilitones. El que iba a renunciar a las prebendas de su cargo en Madrid y no renunció a nada. Un sectario de los pies a la cabeza. Un especialista en la mamarrachada.

¿Y por qué escribo todo esto sin llegar a parte alguna? Llego por fin: ya va siendo hora de que el país se olvide de «ella» y de «él» y de todos los que defienden esta neopolítica mugrienta. No los soportemos. Ni la literatura puede con ellos.

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