Después del pecado viene la penitencia


Si el problema de Cataluña fuese el independentismo, todo estaría resuelto o en vías de solución. Pero su problema real no es ni la ruptura imposible ni la sublevación de las masas abducidas desde el poder; sino un desorden jurídico y político, promovido por las élites, que ahora toma forma de resaca omnipresente. Por eso cabe prever que, como siempre sucede, al corto placer de un pecado le va a seguir una larga penitencia.

Lejos de reconducir la política catalana hacia el orden y el sistema, las inminentes elecciones del 21D van a generar tanta fragmentación partidaria y tanta dispersión ideológica y estratégica, que pueden elevar la incertidumbre a la máxima potencia. Si no se produce el milagro de una mayoría constitucionalista, que los datos no apuntan, la deriva del Parlament puede llevarnos a la total inoperancia. Y bien se puede temer que la huida de nuevas empresas, le debilidad de la economía y el hundimiento de la gobernabilidad sean la triste resaca que suele seguir a las grandes borracheras, sean de alcohol, de demagogia o de poder.

Es cierto que la deriva independentista está frenada, y que la bendita experiencia del artículo 155 pesa como una espada de Damocles sobre cualquier intento de volver a usar el poder del Estado contra la realidad histórica, social y económica de España. Ni Cataluña volverá a ser tan soberbia como fue ni el Estado volverá a encontrarse tan débil y acomplejado como en este episodio se mostró. Y, aunque la historia no admite profecías a cien años, es posible que ninguno de los españoles que tenemos hoy derecho a voto volvamos a encontrarnos en la situación que tan fielmente describió, en el siglo XVII, la décima de Francisco de Quevedo: «Toda España está en un tris / y a pique de dar un tras... / Todo es flamenco país / y toda cuarteles es; / al derecho o al revés / su paz alterado han / el rebelde catalán / y el tirano portugués». ¡Eran tiempos imperiales, para bien y para mal!

Pero que el secesionismo haya embarrancado no significa que la crisis se haya cerrado. Porque todos sabemos, salvo el líder del PSOE, Pedro Sánchez, que en este episodio también descarrilaron las ínfimas esperanzas que había de que una reforma constitucional consensuada pudiese contentar al mismo tiempo a los catalanes insurrectos, a las autonomías que no quieren ver el federalismo asimétrico ni en pintura, a los españoles que queremos que la unidad se fortalezca en vez de debilitarse, a los minoritarios que ansían una ley electoral a la medida de sus proyectos, a las empresas que pían por una reunificación del espacio económico, y a los populismos que creen en la regeneración por el caos. España se ha quedado políticamente inmóvil en su razonable prosperidad. Y Cataluña sigue revuelta en su irracional decadencia. Y ya no podremos salir de aquí hasta que hayamos aprendido, y asimilado, todas las lecciones del procés.

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