Dependencia


En contra de lo que pueda parecer, el parlamento catalán no votó ayer por la independencia: votó a favor de una dependencia mucho mayor, mucho más intensa y menos soberana. Si de verdad Cataluña se convirtiera en una república independiente, tendría que acuñar, por ejemplo, su propia moneda o, como parece más lógico, seguiría utilizando el euro. Pero, como explicaba en La Vanguardia el catedrático de Política Económica Paul de Grawe, un belga que enseña en la London Business School, dejaría de tener ninguna capacidad de influencia en el Banco de España y, como consecuencia, en el Banco Central Europeo. El control sobre su propia moneda sería ninguno y, encima, el Banco Central, en caso de crisis financiera, no tendría ninguna obligación de ayudar a Cataluña, porque en ningún caso -al menos en las próximas generaciones- pertenecería a la Unión Europea. De Grawe llegaba a sintetizarlo así: una Cataluña independiente «tendría más apariencia de independencia, pero menos soberanía efectiva». No solo con respecto al euro, porque «esa paradoja de más independencia pero menos poder de decisión real se repetiría una y otra vez en otros ámbitos, lastrando su economía y su prosperidad y nivel de vida». Pero al final, el nacionalismo es romántico y no se para en esas barras. Se mueve en el ámbito de los sentimientos propios, que lo justifican todo: incluso el secuestro de más de la mitad del país. O el empobrecimiento de su gente, con tal de que lo gestionen ellos. Ahí conectan con una mentalidad que, a nivel individual, se ha generalizado en occidente: lo importante es que yo me sienta bien. Por eso su relato, aunque choque con la realidad, resulta tan creíble para tantos.

@pacosanchez

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