Lo que la rebelión esconde


La rebelión del secesionismo catalán ha acabado destapando una espantosa realidad que muchos, y desde hace muchos años, conocían, pero que muy pocos, y con nulo éxito, se habían atrevido a denunciar: los devastadores efectos que ha acabado provocando en Cataluña -en sus instituciones autonómicas y en la propia sociedad- la política, sectaria hasta el delirio, desarrollada por el nacionalismo gobernante en las esferas autonómica y local.

Así, machacado sin tregua el pluralismo, los catalanes llevan años viviendo bajo el implacable control ideológico y político de quienes se han servido de los potentísimos resortes del poder para erigir, de facto, un Estado dentro del Estado y para silenciar a la sociedad mediante una permanente amenaza de exclusión: la que ha practicado el nacionalismo con una desvergüenza que recuerda no pocos métodos del totalitarismo: «Quien no está conmigo es que está contra mí -es decir, contra Cataluña- y es, por tanto, un mal catalán, un traidor, un españolista y un fascista».

Con ese brutal mensaje por bandera se ha construido una administración local y regional de militantes independentistas y no de funcionarios imparciales; una policía autonómica que es la guardia pretoriana del poder nacionalista; una escuela convertida en instrumento de adoctrinamiento; y unos medios públicos de comunicación que actúan como la primera agencia de agitación y propaganda del independentismo. El nacionalismo ha hecho del asociacionismo cultural una amplia red secesionista e, incluso, ha comprado la complicidad de un conde ennoblecido por un rey del país que se quiere destruir. Solo a la vista de esta estrategia de minado permanente del Estado puede explicarse la extensión social de la conspiración secesionista.

Y mientras, a ojos vista, todo eso sucedía, los gobiernos de España y los partidos nacionales han dejado hacer, viendo como el Estado desaparecía de las cuatro provincias catalanas con la esperanza de no despertar al monstruo que jamás ha desmayado en su desleal labor de zapa, indispensable para que un día la secesión tuviera alguna posibilidad de salirse con la suya.

Pero el monstruo despertó, intentó la secesión poniendo patas arriba al país entero y violando con contumacia criminal la Constitución y las leyes y todos los principios democráticos. ¿Para qué? Para acabar en el inmenso fiasco, en la patética función circense que ayer dejo atónitos a millones de españoles.

Decidan lo que decidan los rebeldes, no hay lugar para componendas. Es ahora, tras haber salido a la luz con toda su crudeza lo que estaba escondido bajo la espiral de silencio provocada por el miedo a la sectaria dominación nacionalista, cuando resulta más urgente que nunca desmontar las bases sobre las que una revolución de opereta se ha convertido en el más grave problema de la democracia española durante las cuatro últimas décadas.

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