Ahora, sin dudarlo, al lado del Gobierno


Una tribuna de opinión en este periódico -tercero de España en número de lectores- es, además de un honor, una gran responsabilidad. Porque, aunque la opinión pública tiene muchos componentes, es evidente que los analistas políticos que comparecemos de forma regular y muy frecuente en los medios de comunicación somos una parte fundamental de ese proceso. Por eso entenderán ustedes que, al ejercer esta profesión desde la libertad y la ética, sintamos una gran preocupación por acertar en nuestro cometido, y por no ceder a nuestros afectos o intereses el espacio que debe ocupar el servicio público.

Mis lectores habituales pueden imaginarse el dolor que siento cuando debo enfrentarme con fuerza contra un partido y un Gobierno a los que en este momento considero -sin ambages- una pieza esencial para el funcionamiento de nuestro sistema político, y al que el desgaste del poder, mucho más que sus errores, han desposeído del afecto y la confianza de muchos de sus votantes. Y como ejemplo de este encontronazo no hay nada más visible que lo sucedido en los últimos meses, cuando tuve que escribir desde el convencimiento de que las dudas que tenía el Gobierno sobre el fondo y la forma de aplicar el 155 ponían en riesgo la unidad y el bienestar de España, nuestro papel en el mundo y la calidad de nuestra democracia.

Luché mucho para que se activase el 155, y se ha activado. Me opuse a una aplicación blanda, que me parecía un suicidio, y he visto salir del Consejo Ministros del sábado un plan con todos los recursos necesarios para obtener sus fines. Pedí siempre que el independentismo se desmontase por su cabeza, en vez de hacerlo por los pies, y veo que por las cabezas vamos a empezar. Procuré que la gente viese con normalidad y sin temor el recurso al 155, y he visto como el clamor social a favor de la intervención rebasó con toda evidencia los prudentes cálculos del Gobierno. También peleé para que la intervención fuese preventiva, se presumiese larga, y no dejase el problema a medio resolver, pero reconozco que no le falta razón a Rajoy al apostar por una aplicación pactada y con responsabilidades compartidas, aunque para lograrlo haya tenido que acumular muchos riesgos y haya acordado un cierre electoral que puede ser precipitado.

Por eso creo, con alivio, que he hecho mis deberes, y que, desde ahora, hasta que la normalidad se haya restablecido, puedo ponerme sin fisuras al lado del Gobierno. Lo hago por responsabilidad y justicia; porque no quiero privarme del placer de felicitar a Rajoy, una vez más, por ser la clave esencial de tan difícil operación; y porque también me mueve, sinceramente, el orgullo del amigo. Y para que se entienda mejor voy a recuperar un dicho medieval que resume el sentido presente de esta opción: «Dicitur imperium, dicitur Hispania». «Si se dice Gobierno, se dice España».

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Ahora, sin dudarlo, al lado del Gobierno