Codorníu también se va


Puigdemont y Oriol Junqueras, jefes de la Generalitat en los ratos libres que les deja la forja de la república, me han decepcionado. Un revolucionario, antes de emprender el asalto al palacio de invierno, debe conocer algunas cosas elementales acerca del enemigo. Saber que el dinero es cobarde -huye a las primeras detonaciones-, que el patriotismo flaquea cuando llega la hora de las lentejas y cómo se las gasta la economía de mercado cuando le aprietan las clavijas. Cuando ignoras ese abecé, irremediablemente te estrellas contra los muros que pretendías derribar. Y acabas, patéticamente, suplicando a Isidro Fainé y a Josep Oliu que no se lleven la sede de sus bancos a parajes más tranquilizadores.

Con la economía hemos topado, amigo Junqueras. Lo que no conseguía el Tribunal Constitucional, ni las fuerzas represivas del Estado español, ni la amenaza del 155, lo está consiguiendo la incesante peregrinación de empresas hacia otras latitudes. Y no solo por el impacto económico o porque los catalanes visualicen con espanto las orejas del lobo. Sino también, y quizá sobre todo, porque contemplan el derrumbamiento de los iconos del catalanismo. No marchan las multinacionales apátridas, esas que van y vienen como las golondrinas, siempre al albur del sol que más calienta. Emigran las empresas de nombre y apellido inconfundiblemente catalanes: La Caixa, Banco de Sabadell, Aguas de Barcelona, Catalana Occidente... A este paso solo falta que el Barça pida refugio a orillas del Manzanares.

Ayer presenciamos el último torpedo en la línea de flotación del soberanismo. Codorníu Raventós, la empresa familiar más longeva de España y tradicional emblema del nacionalismo catalán, también se va. Arrastra sus cinco siglos de historia hacia La Rioja. No iba de farol cuando, días atrás, se proclamaba «catalana y española» y lamentaba que la vinculasen al separatismo.

Todos los nacionalismos -el catalán, el español o el kosovar- tejen su mitología con mimbres distorsionados de la historia. Con ladrillos expurgados a conveniencia construyen héroes y villanos. Pero Codorníu no es el capítulo manipulable de un libro: es un trozo de historia viva. Los segadors que tiñeron de sangre el Corpus de 1640 ya saboreaban su vino. Probablemente el conde-duque de Olivares, el de «muchos reinos, pero una ley» (castellana, por supuesto), también escanció sus caldos. Los vinos de Codorníu ya estaban allí en 1714 y seguro que el conseller en cap Rafael Casanova los cató más de una vez, tanto cuando ejercía de héroe como en su plácido retiro de abogado. Pedigrí a raudales.

Frente a la pura cepa de los Codorníu y los Raventós, Puigdemont y Junqueras son unos advenedizos. Casi charnegos. El primero, con solo cuatro apellidos catalanes, de los ocho que requiere un purasangre. El segundo, con sangre extremeña de su bisabuelo de Esparragalejo. Háganle caso, pues, a la historia y no destrocen los últimos emblemas de la nación catalana. Y dejen la revolución en manos de los profesionales, que ellos sí saben de qué va esto.

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Codorníu también se va