Burla a la democracia


Puigdemont culminó ayer una historia ignominiosa con un discurso esperpéntico que pasará a los anales como uno de los mayores ataques a la democracia y a la legalidad, sí, pero también como un hito en la historia de la demagogia y una burla sin precedentes a la inteligencia y la dignidad de los ciudadanos, de los catalanes y de los españoles. Fue el vivo ejemplo del fracaso de la razón. En su contenido, lleno de falsedades, tergiversaciones, hipérboles y mentiras descaradas. Las mismas con las que se ha llegado hasta este punto de histeria en el que lo único que han logrado los sedicentes ha sido fracturar dolorosamente un país entero, una sociedad que siempre ha sido plural, dinámica e innovadora, pero que el proceso independentista ha oscurecido, empobrecido y sometido al pensamiento único.

Pero, sobre todo, el discurso de Puigdemont fue el fracaso de un desafío que nos ha retrotraído a los peores años de nuestra historia. La de las luchas fratricidas y los asaltos al poder. E incluso de traiciones. La traición a la Constitución y a las instituciones, primero, la traición después a sus propios compañeros de revuelta. Si el 1-O fue una farsa, el 10-O ha sido una parodia fraudulenta en la que aquellos a los que se les llena la boca de la palabra democracia humillan a su propio Parlamento, la institución en la que reside la voluntad del pueblo en cuyo nombre dicen hablar. El primero Puigdemont, al usurpar sus funciones para hacer una supuesta declaración de independencia; y después el resto de los parlamentarios secesionistas que firmaron, a espaldas de la Cámara, una declaración de constitución de un supuesto Estado catalán. Aunque sin valor jurídico -otra burla más-, es un acto de una enorme gravedad que constituye una auténtica rebelión contra el Estado de derecho, aunque intenten camuflarla. Nada han conseguido y nada conseguirán, salvo hundir aún más a Cataluña.

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