Las crisis de hoy nada tienen que ver con las crisis de hace dos o tres décadas. Hoy, la hipercomunicación, ha cambiado todo. Recuerden cualquier situación crítica -social o política- de la década de los ochenta o anterior y compárenla con la que estamos viviendo hoy con Cataluña. La utilización de las redes sociales y de los nuevos canales de comunicación personal ha hecho cambiar completamente el escenario. Por supuesto que hoy las convocatorias de masas se hacen de forma instantánea y que las reacciones a cualquier acontecimiento se producen también en el momento; pero el cambio del que hablo es mucho más profundo. Hoy es difícil controlar la comunicación entre personas; es complicado planificar una campaña para saber qué decir y cómo decirlo a los destinatarios finales de los mensajes. Es muy complejo todo; pero, a la vez, es fácil para cualquiera enviar un mensaje y hacer subir la tensión de las personas. Hoy, en Cataluña, o para ser más exactos, con la cuestión catalana sobre la mesa, funcionan a todo ritmo los grupos de WhatsApp y los mensajes de Twitter y Facebook. Y, en la mayor parte de los casos, no son mensajes calculados y reflexionados. Son, en su mayoría, fruto de la subida de adrenalina y de la pasión con la que viven unos y otros este momento tan delicado. Todos los días atraviesan la red, de teléfono en teléfono, millones de memes, ocurrencias varias y declaraciones de patriotismo desde una y otra trinchera. El resultado es más tensión y, especialmente, más imposibilidad de comunicación. En conclusión, esa hipercomunicación de hoy nos lleva, en tiempos de crisis, a aumentar la distancia entre grupos enfrentados. En el gran patio de vecindad en que hemos convertido el debate ciudadano funcionan sobre todo los mensajes simples, contundentes y cuanto más claros mejor. Es decir, funciona el blanco y negro, no el gris ni los tonos intermedios.
Las redes sociales y los mensajes instantáneos, de los que personalmente soy un gran usuario, son herramientas de difícil control siempre, en las que los protagonistas son los usuarios. Esa es la premisa base. La segunda es que forman parte del conglomerado comunicacional global; dónde intervienen los grandes actores como protagonistas de los grandes titulares. Unos amasan las frases que se publican en los medios y otros las cocinan y elevan de temperatura en el horno público. Un proceso que casi siempre conduce a la hipercocción. Ojo, por tanto, a los políticos descontrolados que lanzan esos mensajes que hacen de grandes disparadores; y ojo a los demás, ciudadanos del enorme e incontrolado ciberespacio, donde los potenciamos e impulsamos sin control. El ruido hoy es multiplicado con más ruido y hace que la comunicación real, la positiva, sea imposible. Bien lo saben y lo potencian algunos.