El terror desnuda al independentismo


Si una mente maquiavélica y sin escrúpulos hubiera tenido en su mano mostrar al mundo la miseria moral del independentismo catalán, seguramente habría ideado algo muy similar a los horribles asesinatos perpetrados por el terrorismo islamista en suelo catalán. La respuesta del independentismo a esos atentados, su descarado intento de manipular esas muertes en favor de su causa y de propalar su odio a España y a los españoles sin importarle la dignidad y el respeto que merecían las víctimas, ha ofrecido al mundo la más clara demostración de cuáles son las ponzoñosas fuentes en las que bebe esa gente. 

Odio, rencor, prepotencia, indignidad, xenofobia y falta de principios como respuesta a una las mayores tragedias que ha sufrido Cataluña son el legado que dejan aquellos que insisten en proclamar que la suya es una revolución de las sonrisas. Si algo ha demostrado la manifestación contra los terribles atentados perpetrados por el terrorismo yihadista es que el fascismo secesionista no tiene límite moral a la hora de manipular la voluntad de una sociedad catalana que en su inmensa mayoría se manifestó de buena fe con el único propósito de denunciar la barbarie islamista y honrar a las víctimas. Pero, acaso por encima de ello, lo que pone de manifiesto esta terrible tragedia es que nada hace tanto daño a quienes han hecho del odio a España su negocio como la unidad de las fuerzas democráticas en torno a cualquier causa. Solo así se explica que el presidente de la Generalitat, Carles Puigdemont, decidiera dinamitar preventivamente cualquier posibilidad de que en Barcelona se celebrara una manifestación que reflejara la condena unánime de todos los catalanes y de todos los españoles a quienes quieren imponer sus ideas mediante el terror. El miedo de los independentistas a que eso pudiera ocurrir se explica con el precedente de Ermua, donde la unidad sin fisuras del resto de fuerzas democráticas frente al asesinato de Miguel Ángel Blanco forzó al PNV a cambiar de rumbo y a romper con el independentismo vasco más radical. Y de ahí su obsesión por atacar cualquier símbolo que pudiera unir a los españoles, sea el rey, el Gobierno o la repulsa frente al terror.

Pero, al contrario de lo que pudiera parecer, el independentismo catalán necesita a España como el comer para subsistir, porque su alimento es el odio. Y, por eso, y por más que tensen la cuerda, no hay ninguna posibilidad de que Cataluña se independice de España. ¿A quién iba a odiar entonces esa caterva de energúmenos capaces de manipular una manifestación ofreciendo así al mundo la imagen más lamentable que ha ofrecido jamás una ciudad que ha sido objetivo de una matanza terrorista? ¿Sobre qué espaldas iban a cargar entonces esos desalmados todos sus fracasos, sus frustraciones y su miseria moral? Cataluña no merece cargar, por culpa de unos fanáticos, con el estigma de ser el primer pueblo que responde a un atentado escupiendo odio. Es hora, por tanto, de que catalanes y españoles se manifiesten también, de una vez, contra el odio independentista.

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