La hermana musulmana


Serge nació en Estrasburgo en 1962 al tiempo que los árabes invadían Argelia y la excolonia dejaba de ser francesa. Lo conocí en Londres, como gerente de una empresa de servicios. Por su aspecto y forma de relacionarse nunca lo hubiera tomado por árabe: piel blanca, ojos claros, abierto... como su ídolo, Zinedine Zidane, también francés de padres bereberes, los primeros pobladores del actual Magreb, anteriores a la invasión árabe. 

Nuestra mirada hacia el sur del Mediterráneo suele olvidar a la Kabilia, asentamiento histórico de un pueblo que lleva catorce siglos combatiendo la colonización árabe-musulmana, por mantener su lengua -el amazigh-, su cultura y su falta de adscripción religiosa. También rechazó el colonialismo francés y en los últimos treinta años vive movilizada contra Bouteflika, el dictador que impuso el árabe como única lengua a mediados de los noventa. Las señales de tráfico con los topónimos en árabe tapados con espray para expresarlos en su forma original es una imagen que aquí no nos dejaría indiferentes.

La madre de Serge lo rechazó cuando se hizo musulmán infligiéndole uno de los castigos más duros que pueden darse en una cultura que dicen matriarcal. El paso a su nueva fe tuvo que ver con la necesidad de integrarse con otros jóvenes procedentes de las colonias francesas en la metrópolis, para lo que tuvo que hacer un viaje de doble dirección: de la Kabilia a Francia y dentro de esta al mundo árabe, del que intentaban, paradójicamente, escapar. Se fue a Inglaterra buscando ser aceptado y sentirse parte de su comunidad de adopción. Es decir, desarraigado en busca de una identidad.

Mi amigo vive con el corazón partido desde entonces. Cuando visita a la familia que quedó en Argelia, sufre terriblemente por las condiciones precarias, la persecución y la falta de libertades que imponen aquellos a quienes eligió como grupo social. Y también sufre cuando la abuela va a visitar a su nieta a Londres porque regresa de inmediato a su refugio francés, incapaz de soportar la carne halal, los cinco rezos diarios, las visitas a la mezquita y la inmersión de la pequeña Amina en las enseñanzas del Corán. Para más complejidad, en el coche de Serge suena siempre la música del icono de la resistencia bereber, Matoub Lounès, asesinado por cantar en amazigh. En su canción La hermana musulmana le reprocha: «Lo sabes, estamos agotados, destrozados; el infortunio se ha abatido sobre nuestras espaldas». Y es verdad. La desgracia no cesa de aumentar, pues la Kabilia es objetivo del terrorismo yihadista desde sus inicios, añadiendo desolación a la desolación.

Por eso, la noticia de que los terroristas yihadistas de Cataluña son bereberes, y las imágenes de sus madres y hermanas, en Ripoll, rotas por el llanto y pidiendo perdón, me han puesto la cabeza del revés.

Votación
31 votos
Comentarios

La hermana musulmana