Dracarys. Ha perdido la paciencia. Ya no puede esperar más. Ha cruzado el mar angosto con un ejército que jamás se había atrevido a navegar. Dracarys, grita desde el aire. Siente una rabia imposible de controlar. Adiós a la táctica, adiós a los mapas, adiós a esperar. Ha decidido quemarlo todo. Ser un dragón. Dejarse llevar. Dracarys, repite con la furia de quien no va a perdonar. El fuego lo arrasa todo. Sin arrependimiento. Sin duda. Sobre todo, sin piedad. Dracarys, repite una y otra vez. Ha venido a reclamar lo que es suyo. El derecho a gobernar. Ha venido a por el trono de hierro. El que todavía tiene que desalojar. En el lejano sur, se sienta en palacio una mujer que también ha decidido que es hora de mandar. Hija de reyes, madre de reyes, también se ha cansado. De ser una moneda. Algo bonito con lo que poder mercadear. Y manda. No tiene misericordia. ¿Por qué habría de mostrarla? Si solo ha conocido la crueldad. Ha decidido vengarlos a todos. Ya nada hay que le puedan arrebatar. El destello de acero que hay en su mirada se repite al norte, muy al norte, en ese reino en el que no para de nevar. Pensaban que era la más frágil. Pensaban que no lo soportaría. Y ahora que el invierno ha llegado, demuestra que sí. Que es muy capaz. Hace acopio de grano para la batalla que todavía hay que luchar. Daenerys, Cersei, Sansa. La última contienda. Dracarys. Las mujeres mandan. Por fin llevan las de ganar.