Sánchez prepara su jugada en Cataluña

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Pese a su inmensa diferencia (la que existe entre la presencia y la ausencia de violencia), el desafío que supone la sublevación secesionista catalana presenta dos elementos en común con el del terrorismo vasco durante casi cinco décadas. El primero es evidente: lograr la independencia de una parte del territorio nacional. Un objetivo que no deja de ser idéntico por el hecho de que los pistoleros de ETA intentasen alcanzarlo por medio del terror y los secesionistas a través de una sublevación de las instituciones, que piensan culminar en un golpe de Estado contra nuestra democracia.

La segunda similitud, menos visible, no es, sin embargo, menos importante: ahora, como entonces, hay partidos y no pocos españoles persuadidos de que la única solución frente al desafío independentista, violento o no, a la más elemental de las reglas del Estado de derecho -el cumplimiento de la ley- es el diálogo. La realidad de los hechos desmintió rotundamente esa tesis en el caso de ETA, que no dejó el terror como fruto de un acuerdo, sino tras su derrota estrepitosa por la acción del Estado democrático. Los que entonces sostuvimos que así sucedería fuimos vilipendiados («fascistas» era el insulto más frecuente) por los cínicos partidarios del diálogo con ETA y aún estamos esperando que reconozcan el grave error en el que estaban y nos pidan por ello las disculpas oportunas.

En un contexto muy distinto, marcado por la inexistencia de violencia, aunque no por la ausencia de una acción radicalmente ilegal y claramente delictiva, también ahora la tesis del diálogo frente a la sublevación y al golpismo secesionista es moneda corriente. Sin ir más lejos, la exponía Pedro Sánchez en una entrevista publicada por La Voz este domingo. «La única fuerza que resolverá la crisis de Cataluña es la del diálogo», afirmaba el líder del nuevo PSOE, aunque sin aclarar, según es frecuente, cómo piensa Sánchez lograr que se sienten a dialogar quienes están en una política de abierta sedición frente al Estado. Y ahí, claro, reside el engaño de una argumentación que es en realidad una forma de escurrir el bulto frente a la necesidad de derrotar, primero, a los sediciosos como única forma de que admitan, después, sentarse a dialogar.

En realidad, la tesis del diálogo es una forma tramposa de repartir las culpas de la crisis catalana entre quienes allí defienden el cumplimiento de la ley y quienes no tienen ni otro objetivo, ni otra estrategia, que violarla. ¡Como no hay diálogo, la culpa es de los dos! ¡Acabáramos! A la vista de tan fraudulenta posición, que es la que late en el discurso de los nuevos dirigentes del PSOE, el Gobierno debe prepararse para que, parapetado en una beatífica exigencia de diálogo, Sánchez acabe dejándolo tirado si, como es desgraciadamente previsible, las cosas se complican en Cataluña. Porque, quien ha demostrado creer que vale todo actuará en consecuencia con esa pavorosa convicción.

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