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Existe una amplia percepción de que la Unión Europea está viviendo un momento muy singular en el que sabemos que todo está en riesgo, pero también, por primera vez en bastante tiempo, hay una posibilidad real de consolidar el proceso de integración. Los principales líderes parecen ser conscientes de ello. Sin embargo, dado el malestar social de fondo que nos aqueja, también es claro que el tiempo para aprovechar esta oportunidad no será muy grande: o se dan pasos rápidamente en la dirección de avanzar en la unión, o habrá más bien un retroceso.

Para tener posibilidades de éxito, cualquier plan de reforma europea ha de tomar como referencia dos principios de orientación: asentar la confianza ciudadana en las instituciones de la UE y asumir que será necesario transformar los contenidos y la forma de hacer política de esta. La primera cuestión, la de la confianza, es la clave de todo: muchos miles de ciudadanos que hace años se autoidentificaban como europeístas, con distinto grado de entusiasmo, ahora ven el mundo de Bruselas o de Estrasburgo como algo lejano, por no decir ajeno. Hay que reconocer que la imagen despectiva del «burócrata de Bruselas» ha ganado terreno en estos años, y ello resulta letal para el proyecto paneuropeo. Por eso es tan importante revertirlo.

Respecto a la segunda cuestión mencionada, no hay duda de que, después de un largo tiempo de retroceso de lo propiamente comunitario, a favor de lo intergubernamental, varias instituciones de la UE buscan desesperadamente hallar su papel. Entre ellas, la más destacada es el Parlamento Europeo. Conectando con el punto anterior, este órgano está necesitado de una urgente relegitimación, haciendo ver a los ciudadanos, en primer lugar, que recuerda en algo a un auténtico Parlamento y, segundo, ¡que sus actuaciones tienen alguna utilidad!

Y en esto aparece la bronca -justificadísima, aunque como suele caracterizar al personaje, un tanto destemplada- de Juncker a los parlamentarios. ¿Cómo es posible que solo un 5 % de los miembros de la Cámara estuvieran presentes en un acto de cierta solemnidad, para hablar de los resultados de toda una presidencia semestral? ¿Es que no son conscientes de que una imagen así perjudica gravemente la tarea de aproximar ese órgano a la ciudadanía? No creo que se trate de una simple dejación de responsabilidades por parte de los propios parlamentarios; ellos mismos alegan problemas de organización (coincidencia del pleno con el funcionamiento de comisiones, etcétera).

Bien pensado, sin embargo, esa respuesta es poco tranquilizadora pues, incapaz de vencer sus propias inercias organizativas, el Parlamento no se muestra sensible al daño causado. Pero ese daño existe: muchos europeos hablan hoy de «un Parlamento ridículo».

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