Por un triste euro


Catedrático de Economía Aplicada de la Universidade de Vigo

La rueda de la crisis bancaria sigue girando, dejando, entre otros lamentables resultados, un notable y creciente grado de oligopolio en el sector. Es verdad que este parece ser el último ramalazo de un proceso extraordinariamente destructor que se ha llevado por delante -fallos de supervisión mediante- a buena parte de las antiguas cajas, pero también, como ahora de nuevo comprobamos, algunas importantes entidades de banca privada. En ese sentido, la caída del Banco Popular hay que ubicarla en la deriva problemática general de la economía española a partir de la crisis inmobiliaria de hace casi una década (que está en el origen del deterioro del balance de un banco que un día estuvo entre los más rentables de Europa). Es por eso que este episodio arroja una mancha importante sobre el discurso de que vivimos una recuperación económica ejemplar.

El colapso del Popular presenta, sin embargo, dos importantes novedades con respecto a las crisis bancarias anteriores. Por vez primera, una operación de este tipo es adoptada, no por un organismo nacional, sino por la autoridad europea: de hecho, este ha sido el estreno del Mecanismo Europeo de Resolución. En algún momento había de ser, pero siempre quedará la duda de por qué otras entidades en dificultad, como el italiano Monte dei Paschi, han conseguido evitar ese durísimo trago.

La segunda novedad es que el coste de la operación recae íntegramente en el interior del propio banco, con cargo a sus accionistas y bonistas, que lo pierden todo (lo que se llama una operación de bail-in). Es decir, no ha habido salvamento con cargo al presupuesto público, de lo que debemos felicitarnos. Seguramente, la onerosa factura de todas las operaciones anteriores -41.000 millones de deterioro en las cuentas públicas- hacía ya muy difícil seguir por ese camino. Pero, además, debe tenerse en cuenta que el Popular no era una entidad sistémica, de esas que es necesario salvar a costa de lo que sea para evitar una crisis general de confianza en el sistema. Quizá este último asunto, la confianza, se vea dañado por otra circunstancia de indisimulable gravedad: hace menos de un año este banco que ahora se vende por un euro superó las pruebas de esfuerzo de la Autoridad Europea, y hace pocas semanas, el ministro Luis de Guindos se refirió a él como una entidad totalmente solvente. ¿Solvente? Son esas las cuestiones que dejan un pésimo regusto, y una cierta alarma, sobre si no queda aún algún otro muerto en el armario.

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