Estamos rodeados


El PSOE se ha roto y lo gobierna un indescifrable personaje. Endeble de sustrato intelectual, frágil de carisma, volátil en sus estrategias y, eso sí, pertinaz en su intento de ser alguien en la política. A Pedro Sánchez le acusan de haber despedazado el PSOE y de haberlo embarcado en un viaje hacia la irrelevancia. Pero le han votado casi ochenta mil militantes y, aunque dicen que obtuvo unos malos resultados electorales en el 2016, cinco millones y medio de españoles lo respaldaron. 

Felipe González unió sus fuerzas junto a Zapatero, Rubalcaba y toda la vieja guardia del puño y la rosa. Una tropa de notables presuntamente brillantes e inteligentes que no dudaron en auspiciar un contubernio para descabalgar al adversario del «no es no». Luego, inventaron el susanismo y rompieron un poco más el PSOE para coserlo después. Su derrota ha sido épica y el daño que han hecho al partido, y de rebote a España, gigantesco. Pero a Susana la votó el cuarenta por ciento de la militancia.

Mariano, con su plasma y todo, sigue gobernando este país. Su partido vive en un sobresalto permanente y le salen corruptos cada vez que se abre un armario en Génova. En el PP de Madrid se ha llevado comisiones hasta el Tato, pero a Rajoy le votaron casi ocho millones de personas el 26J.

Pablo Iglesias es un desgarbado comunista-populista y salvador de la patria. Una especie de regenerador de la moral, que odia al Ibex 35, que no cree en la libertad de prensa y que está convirtiendo la vida política española en un teatrillo de alumnos de instituto. Pero le votaron cinco millones de personas en las últimas elecciones.

Los independentistas catalanes quieren que España deje de robarles para que la familia Pujol y sus acólitos tengan el monopolio del saqueo del dinero público en el país de la señera. Juntos están haciendo un destrozo a Cataluña del que tardará muchos años en recuperarse, pero gozaron del respaldo de dos millones de votantes en las últimas elecciones autonómicas.

¿Y las mareas? Protestan con entusiasmo porque se están pisoteando los derechos de la gente y porque hay una mayoría social que les legitima para todo, incluso para no dar licencias o no limpiar las calles como dios manda. Son más válidos tras una pancarta que en la mesa de un despacho, pero 270.000 personas votaron al partido instrumental En Marea.

Ni irresponsables, ni corruptos, ni populistas, ni inoperantes han surgido de la nada. Allá donde uno mira, descubre vergüenza. Vergüenza amparada en los votos de miles o millones de personas. No estamos ante una sana pluralidad de pensamiento, sino ante la normalización de la estulticia, que se ha instalado delante de nuestras narices entre vítores y aplausos.

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