Un día sin vino es un día sin sol


Aunque no soy un experto en vinos, siempre he sentido cierta curiosidad por el sector. Como a mucha otra gente me llaman la atención los extraordinarios paisajes de los viñedos en otoño, las labores de los viticultores y, cómo no, el extraordinario progreso en calidad e imagen que han experimentado los vinos gallegos, de cualquiera de las denominaciones de origen. Así, la producción comercializada el pasado año, con sello de calidad, fue de casi cuarenta millones de litros, lo que supuso una facturación de cerca de doscientos veinticinco millones de euros.

Tal vez por eso me ha sorprendido profundamente lo ocurrido con las pasadas heladas. Según los datos publicados se han dañado más dieciséis millones de kilos de uvas, alcanzando pérdidas del noventa por ciento de la cosecha en áreas como Monterrey. Económicamente, se han cuantificado los daños en setenta y dos millones de euros, por lo que la situación puede considerarse catastrófica y el debate de las ayudas está abierto.

Pues bien, según he leído, solo entre el diez y el veinte por ciento de los viñedos estaban asegurados, por lo que las pérdidas van directamente a los agricultores aunque, obviamente, repercutan en el conjunto del sector. Independientemente del área geográfica, los afectados han señalado que no están asegurados porque los seguros no son adecuados para los tipos de explotaciones gallegas, en general pequeñas, y porque el coste es muy elevado respecto a lo que perciben por las uvas; adicionalmente, valoran las indemnizaciones como insuficientes para algunos tipos de uva.

No es competencia de la administración prohibir las heladas o las sequías pero sí parece razonable tratar de buscar un marco para la generalización de las pólizas de modo que un sector emergente e innovador no esté expuesto cada año a que el clima arruine a los pequeños viticultores; lo vengo oyendo desde hace años pero no parece haberse tomado en serio.

Por cierto, no está de más recordar que además de en la comercialización, la promoción, etcétera., también los viticultores innovan.

Hace ya tiempo trabajé en la vendimia en la Borgoña francesa. Durante aquellos días comíamos bien, vivíamos en habitaciones decentes y el salario era bueno. El día de partir el patrón me llevó en un Renault a la estación de tren de Dijon y por el camino le comenté que lo que yo había vivido nada tenía que ver con lo que España se contaba de la vendimia francesa, algo parecido a la esclavitud.

El hombre me dijo que, aunque en Borgoña no ocurriera, eso también era cierto en algunas áreas porque todo el sistema dependía del precio al que se pagaba el kilo de uva: un precio justo que permita pagar costes, seguros y a los que venís a vendimiar, dijo, además de vivir a las familias. No hace falta ser un experto para ver que nuestros vinos mejoran cada día, pero si al viticultor no le compensa el precio de la uva el sector morirá de éxito y, si el proverbio de la Provenza es cierto, también los días de sol, porque «une journée sans vin est une journée sans soleil». 

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