Comprar tiempo


La derrota de la extrema derecha en Francia crea un espacio de oportunidad para desanudar y dar un nuevo impulso al proyecto de integración europea. Después de felicitarnos por ello, el peor de los errores sería creer que el peligro está conjurado: la base de malestar existente en la sociedad francesa, como en buena parte del resto de Europa, es muy amplia, por lo que de no producirse cambios efectivos en un período más bien breve, lo más probable es que la reacción antieuropea vuelva redoblada. El malestar del que hablo ha sido constatado hace poco por una encuesta realizada en 28 países de todo el mundo (Edelman Trust Barometer, 2017): a la pregunta de si «el sistema está fallando», nada menos que el 53 % de los encuestados responde afirmativamente, estando los porcentajes correspondientes a Francia, Italia o España por encima de esa impactante media.

Es claro que no hay una única causa del desasosiego, pues la desigualdad, la corrupción, el miedo a la globalización o a la pérdida de valores tradicionales confluyen en ese resultado. Pero por lo que hace a buena parte de Europa, hay que considerar también la intensa decepción por el comportamiento de la UE -y más aún, de la eurozona- en los años recientes. Pues bien, este es el momento para un viraje efectivo, que, además de dejar atrás la imagen de la UE como madrastra tecnocrática que solo sabe imponer ajustes, debiera canalizarse en dos direcciones.

En primer lugar, recomponer los fundamentos de solidaridad que identificaron a la UE durante buena parte de su historia, y que desde el 2010 se han evaporado. En particular, la cohesión y la confianza mutua entre el norte y el sur, tan dañadas por las historias de hormigas y cigarras. Lo cual no será fácil, desde luego, pues en los países del norte persiste el horror a la «mutualización de deudas» (hacerse cargo de las deudas de otros) y a una «unión de transferencias»: se olvida, sin embargo, que mucho de esto último hubo durante los mejores años del europeÍsmo, pues ¿qué otra cosa fueron los fondos estructurales, que tanto impulsaron a los países más atrasados, con beneficios para todos?

Pero nada de lo anterior se logrará si no se acomete el segundo cambio: la aparición de una nueva forma de liderazgo de todo el proceso, dejando atrás el muy cicatero ejercido por Alemania en los últimos años («nein, nein, nein»). La primera tarea europea del nuevo presidente francés ha de ser recomponer sobre nuevos y más equilibrados cimientos el eje franco-alemán, para abrir así la vía a una nueva política, puesta en marcha a través de la negociación. Tras verle las orejas al lobo, desde el norte se dan algunas muestras de haberlo entendido.

A la espera de otras coyunturas complicadas -como los próximos comicios italianos-, con el resultado de la elección francesa los ciudadanos europeístas hemos comprado tiempo. Una mercancía valiosa que no se debe desaprovechar si no se quiere volver a palpar el abismo.

Por Xosé carlos Arias Catedrático de Economía Aplicada de la Universidade de Vigo

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