Muertos de espanto


Si somos lo que leemos -como defenderían Sartre o Borges-, lo que escuchamos y lo que vemos, hacemos el camino averiado. Los libros ya no se usan ni para adornar el mueble del salón. Van vía del estorbo polvoriento. La lectura parece haberse convertido en una ocupación estéril, propia de individuos de otros siglos, visionarios atrapados en tiempos pretéritos. Franklin decía que carecer de libros propios era el colmo de la miseria. Pues parece que nos hemos ahogado en ella irremediablemente. En cuanto a lo otro, en vez de mirarle a los ojos a la gente y de escuchar sus goces y sus penurias, pasmamos tragando vídeos aderezados de intrascendencia que nos invaden los smartphones. Hemos derivado en obesos digitales dispuestos a tragar sin masticar todo lo que sale en la pantalla táctil. El polvo blanco se nos ha transmutado en algoritmo de consumo masivo. Chutes de distracción intensiva con los que cabalgar por las praderas del nihilismo. Así, colgados de la idea corta, de verdades a medias o mentiras disfrazadas de verdad, nos llega el sol cada mañana. No nos engañemos. Solo son amaneceres imaginarios que nos contentamos con fotografiar. Vivimos en pleno proceso de descafeinado de la inteligencia. Más pronto o más tarde, el cerebro migrará a la punta del dedo índice o, con suerte, a la del pulgar. Como cuando los necesitábamos para subir a los árboles. El día menos pensado montaremos en el primer Rocinante que tengamos a mano para echar a pacer nuestra propia chaladura virtual, desnudos de mente frente a molinos de viento hasta que un aspa nos despierte con un buen croque. Ese día miraremos a la luz de la verdad e igual nos quedamos ciegos, o muertos de espanto.

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