Mario Vargas Llosa escribió para La Voz hace más de 30 años sobre una pariente que a los doce años se hizo monja de clausura en el Monasterio de Santa Catalina
16 abr 2017 . Actualizado a las 05:00 h.Pienso en una muchacha: la hija menor de la tatarabuela de mi bisabuela. Había nacido en una casa de sillar, balcones y puertas con clavos, en la calle Real, por la que entonces corría una acequia que llevaba al río Chili las basuras de las casas y gentes de Arequipa. Ya hacía tiempo que ese centenar de españoles que volvían de la guerra fundaron la ciudad y ya para entonces habían visto la luz en ella muchos curas, abogados, revueltas y conspiraciones; ya era una ciudad de rectas calles de adoquines, plazas íntimas, casonas gallardas, portales e innumerables iglesias. Ya la llamaban «blanca» por haber sido erigida con sillar, ese fuego de sus tres volcanes que se convierte en una piedra dócil donde están atrapados todos los matices del blanco. Ya era Arequipa, entonces, la ciudad bella, piadosa y revoltosa que sería.
Había crecido entre los mimos de un enjambre de mujeres -la madre, las abuelas, las tías, las vecinas, las esclavas- y su recuerdo más vivo, de los años en que apenas sabía hablar, era el viaje de la familia, en los veranos, a lomo de mula -la de su madre, la de sus hermanas y la de ella llevaban parasol- a una finca de Camaná. Habla sido una criatura feliz: una cara redonda, unos ojos curiosos flotando entre baberos, blusas y polcos con pompones de lana (que ella se tragó aquella vez de la indigestión y las fiebres y de la sangría que le hicieron las manos diestras de don Juan Gonzalo de Somocurcio y Ureta, galeno, poeta y orador). Había sido una niña traviesa, vivaz: saltaba, gritaba, corría, se escabullía perseguida por Loreta y Dominga, quienes, días feriados, la llevaban después de misa de once a ver los cómicos de la plaza de San Juan de Dios.
Y sabía las oraciones, las reverencias a los mayores y dar órdenes a la gente inferior, pero aún no había aprendido a leer ni escribir cuando un día, después de una fiesta familiar con masitas, suspiros, bizcochos y chocolate con vainilla, la llevaron donde las Madres, a desposarse con el Señor. Diez sirvientes cargaron su ajuar por las calles curiosas: las vecinas la salían a mirar, le hacían adiós, derramaban una lágrima. En la puerta del Monasterio de Santa Catalina una nube de domésticas acarreó los arcones hasta la casita construida especialmente para ella, donde, a partir de ese día, moraría siempre.
Con ella se quedaron en Santa Catalina sus dos esclavas Loreta y Dominga, y la hijita de la cocinera María Locumba, la costeña, para que fuera su compañera de juegos durante la primera etapa del noviciado (o sea: mientras seguía niña).
Nunca más salió de Santa Catalina, entre esas gordas paredes pasó los años que le faltaba vivir. Tenía doce el día que entró, murió tres antes de cumplir noventa.
Fue una monjita ejemplar: piadosa, trabajadora, dulce, servicial. Cuando el terremoto, una cornisa del Patio de los Naranjos cayó sobre ella y le rompió una pierna. Desde entonces, cojeó. Cuando la guerra llenó de heridas la ciudad y las monjas y sus servidoras pasaron tres días refugiadas en el refectorio y los sótanos, oliendo a pólvora y a una chamusquina de infierno -en el cielo se divisaban las lenguas rojas de los incendios- y oyendo los ayes y los juramentos de las víctimas -algunas venían a tocar las puertas del convento pidiendo socorro o comida- ella fue la de temple más recio. Alentaba a las ancianas, confortaba a las asustadas que chillaban: «Entrarán y nos matarán, ay de nosotras». Fue la que se opuso con más ardor a la sugerencia del obispo de que las religiosas evacuaran el monasterio hasta que terminara la contienda.
Estos dos hechos históricos -el terremoto y la guerra- constituyeron toda su vida civil.
Lo demás de esos setenta y cinco años de encierro fue rezar, bordar, oír misa, confesarse, hacer delantales para los pobres y pastitas y Niños-Jesuses para los ricos y, naturalmente, alimentarse y dormir (ambas cosas muy avaramente). Los primeros diez años en el monasterio recibió visitas de la familia. Una vez cada dos meses, una hora cada vez, hablaba con su madre y sus hermanas detrás de las rejas del locutorio y ellas le daban noticia de las muertes y los nacimientos en la familia, siempre incontables. Pero desde que su madre murió -cuánto lamentó no haber podido acompañarla en su entierro, cuánto rezó para que Dios la tuviera con Él- sus hermanas espaciaron las visitas a solo dos veces por año, luego a una y después no vinieron más, pero nunca se acostumbró al encierro y los últimos años de su vida los pasó muda. La hijita de María Locumba, pobre infeliz, se escapó cuando andaba por los veinte años. Una madre aseguraba que la había visto saltar el muro de la huerta al anochecer. Otra -pero era un poco turbada del espíritu- que Satanás se la había llevado por el desagüe de los lavaderos, convertida en rana.
Quedarse sin nadie que la sirviera no le importó. Como a otras flagelarse o dormir con cilicio por amor a Dios, a ella le gustaba trabajar. Usar las manos, hacer fuerza, transpirar. Perder el aliento la eximía de pensar, de imaginar mundanidades, de recordar.
Murió a los catorce días de no poderse incorporar, por unos dolores de cuchillo en el pecho y en el bajo vientre que la despertaron a media noche rugiendo. La Madre Superiora hizo que una novicia de manos de alabastro y ojos de carbón la acompañara día y noche, le diera el caldo a la boca y le limpiara. Estuvo lúcida hasta el final y recibió la extremaunción riendo.
El mismo día que murió vino, según la costumbre de Santa Catalina, el pintor a hacer su retrato: Pero no se esmeró, porque el cuerpo ya olía y él, visiblemente, quería acabar cuanto antes. Todavía está ahí su retrato, colgado en la pared de la casita más meridional del Monasterio de Santa Catalina, esa ciudad que hay en mi ciudad. Sí, ese esqueleto con hábitos, de ojos ciegos, boca sin labios, indeseable nariz y dedos de agorera es mi querida pariente, la hija menor de la tatarabuela de mi bisabuela. Cada vez que visito Santa Catalina, como el cementerio es todavía de clausura, echo flores por encima de la tapia con la ilusión de que caigan cerca de la tierra que alimentaron sus gusanos.