Procusto en la aldea global


Si es verdad que, como a veces se dice, hay un mito griego para ilustrar buena parte de las circunstancias de la vida, el de Procusto va como anillo al dedo a los efectos de la moderna globalización de la economía. Este Procusto era un bandido metido a industrial hostelero, que suministraba a sus huéspedes solitarios un tratamiento un tanto singular: a aquellos cuya altura excedía la de su famoso lecho, les sajaba los pies, mientras que a quienes se quedaban cortos les administraba un proceso de estiramiento mediante martillazos. De este modo sutil las medidas del visitante y el catre acababan correspondiéndose con exactitud.

Junto con sus indiscutibles ventajas, la globalización trae consigo un efecto de lecho de Procusto para las economías nacionales. Rara es la economía que tiene a priori el tamaño y las características precisas que exige la intensa internacionalización de los flujos comerciales y, sobre todo, financieros. Por tanto, la mayoría de ellas han de someterse a procesos de adaptación que si a veces son saludables, por conducir a transformaciones que en todo caso resultarían necesarias, en muchas ocasiones avanzan de un modo traumático. Porque lo que los mercados globales no hacen es compensar en medida alguna a los perdedores de todo ese proceso.

En cuanto problema general, ese asunto no pareció preocupar demasiado mientras los beneficios de la internacionalización sin límite parecían incomparablemente mayores que sus costes, siendo los perdedores sectores marginales de inadaptados crónicos. Si ahora, en cambio, se extiende la impresión de que la aldea global ha llegado a sus límites, y que incluso podría experimentar retrocesos significativos en los próximos años, es porque quienes sienten serrar o estirar violentamente sus extremidades con la evaporación de las fronteras han decidido rebelarse contra ello.

Claro que el remedio puede ser mucho peor que la enfermedad, pues esa sobrerreacción probablemente acarrearía no solo un quebranto de las ventajas que los espíritus cosmopolitas tanto y tan justamente valoran de la apertura al mundo, sino también un empobrecimiento real en términos estrictamente económicos. Esto último tendría lugar, sin que quepa duda alguna, en el caso de que se diera una carrera descontrolada hacia un nuevo proteccionismo (tal y como ocurrió con frecuencia en el pasado, con consecuencias nefastas).

¿Qué hacer, entonces? La única respuesta razonable es reformar la globalización mientras sea posible, en el sentido de introducir elementos de orden y regulación a la escala transnacional en la que hoy operan muchos de esos mercados. Las fórmulas concretas no hay que inventarlas. Sin ir más lejos, el G-20 lleva desde su creación, en el 2008, repitiendo su urgencia en las solemnes declaraciones de sus cumbres. Lo que falta es llevarlas a la práctica.

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