El retablo de Valle-Inclán

Carlos G. Reigosa
Carlos G. Reigosa QUERIDO MUNDO

OPINIÓN

Desde las siete de la tarde del pasado viernes hasta las dos de la madrugada del sábado duró el homenaje que se le tributó a Valle-Inclán en el Teatro Fernando de Rojas del Círculo de Bellas Artes de Madrid. Allí acudimos los fieles suficientes para agotar todas las entradas y asistir a una versión de las cinco obras que el dramaturgo gallego agrupó en 1927 bajo el título Retablo de la avaricia, la lujuria y la muerte. La dirección corrió a cargo de la rusa Irina Kouberskaya, que ha demostrado conocer bien la obra de nuestro escritor, al que ha respetado y enriquecido con variantes formales y de humor, sugerentes y atractivas. (Solo el homenaje flamenco a Sacrilegio estuvo fuera de lugar).

En Ligazón se nos ofreció una fantasía de realidades y símbolos galaicos que, sin desnaturalizarse, acaban girando en torno al mito de Orfeo. En La rosa de papel estaba el escritor anarquizante que conoció el rural gallego y lo convirtió en un poliedro de realidades y sueños confrontados y tal vez desquiciados. En La cabeza del bautista, quizá la pieza más lograda del Retablo, asoman los personajes de un sórdido y mísero pueblo, con sus pasiones más primarias, sus penurias y sus asfixiantes tradiciones. Se dice en el programa de mano que esta obra expresa «el mito de Salomé en masculino». Yo creo que Valle-Inclán no estaba pensando en eso, sino evocando el mundo rural que había conocido y cuyas tradiciones le refirieron en su infancia y juventud.

La última de las obras que pudimos ver, El embrujado, es quizá la pieza dramática más profunda y compleja del Retablo, porque en ella está todo el pasado de la Galicia que conoció Valle-Inclán, desde las reminiscencias celtas hasta los señores feudales que sobrevivían en el siglo XIX con muy pequeñas variantes formales. Con ellos convive un mundo pobre y andrajoso para el que no se vislumbran esperanzas de redención. Estamos en el orbe dramático que precede a los esperpentos. Un Valle-Inclán que es un espejo en el que podemos ver nuestro pasado mejor que en un libro de Historia. Por eso fue un placer dedicarle la noche y convivir con nuestros fantasmas. El dramaturgo gallego tiene todavía más futuro que pasado, a pesar de que su fama es ya universal.